Canción de María Elena Walsh

Alma sin el amor, ave dejada en los terrenos de la maravilla: cuando no haya más hojas y se acaben los días yo seguiré buscando tu luz recién nacida -alma sobre rebaños levantada- para hacer las mañanas de mi vida. El enlutado mundo que habitaba ahora es el cielo que la frente pisa. (Si se apagaran todas las uvas de la viña o se muriera el pan en las espigas, este incendio frutal de mi esperanza en otra tierra se levantaría.) Tu mano era mi mano desde siempre, tu voz mi voz, y yo no lo sabía. Anduve con tu sombra al lado de la mía por mortales caminos y celestes orillas. Eras un sueño en busca de mi frente para nacer, y yo no lo sabía. Ya mis ojos usaron la belleza y fueron en sedienta cacería -con su lastimadura de límites y aristas- al pámpano desnudo y a la rosa vestida, buscándote desde los miradores con el Amor-Que-Todo-Lo-Imagina. Cuando tú fuiste la increíble imagen yo era la sed y el vaso y la bebida. Las puertas y los frascos, cubiertos de ceniza, guardaban el perfume de la melancolía, mientras los palomares te esperaban con el Amor-Que-Nada-Te-Imagina. Aunque la providencia me negara el alimento para la alegría, aunque me entristecieras la intemperie divina con pájaros callados y sombras pensativas, aunque olvidaras, aunque no existieras, mi corazón igual te cantaría.
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