Canción del escriba de pie (1-3) de Saúl Ibargoyen

1 No yo no soy el escriba ni el pintor yo no soy el que manda en las palabras. Mi nombre no fue encerrado en tinta mortal mi nombre nunca fue borrado de la piedra. Ni el nombre de mi madre con su pubis de barro ni el nombre de mi padre con sus venas colgando debajo del sol. No soy el escriba que ensudoró sus nalgas: yo no puse en las fibras aplastadas las oraciones secretas ni los humosos cánticos ni las cifras erróneas del trigo ni el frescor equivocado de la carne de buey ni el mandato que lleva a la guerra ni las frases que traen el dolor ni las órdenes que levantan lentas pirámides ni las figuras ilusorias de oro o lapislázuli ni el decreto de dar eternidad a un manoseado cuerpo de mujer. Nunca escribí la apariencia de otros nombres: nadie puede ser nombrado fuera de sí. Nunca he conocido rostros de príncipes descarnándose ni pechos de aceitosas concubinas ni ejércitos secándose en la arena ni tetas de efebos ni corrupción de desdentados funcionarios ni culpas de sacerdotes ni crímenes de estado ni balanzas fraudulentas ni orinadas túnicas de rey. Nunca escribí lo poco de mi nombre: dos sonidos solos combatiendo por un sitio en el aire de metal: cuatro letras solas como huellas de polvo en una boca nueva sin lluvia y sin sed. 2 ‘Las manos siniestras y derechas dejaron sus uñas muy en lo adentro de las aguas sagradas que crecen desde las rojas alturas del sur. Y la barca con su pluma blanca su blancura vertical como aquella mujer irguiéndose entre los olores de la última sombra. Y las garzas sometidas al verdor calcinado que vibra apegándose a la orilla que las oscurecidas tierras construyen.’ Yo no soy el escriba de estos signos y colores nunca extendí los rollos rutinarios para que en ellos entrara mi cálamo o mi recto pincel. Tampoco describí los artificios del primer arquitecto no anoté las voces de la primera canción. No soy responsable de que los astros tuvieran vómitos de humo y fuego negro ni de que la noche encerrara al mundo en su abrazo inalcanzable. No soy el escriba ni sentado ni en cuclillas: apenas balbuceante apenas de pie. Simplemente no pude mentir. 3 ‘La barca blanca con su alta pluma iluminada las garzas transparentes apoyándose en un gas enrojecido que siempre llega de los alzados abismos del sur y los labios de un asno de ceniza metidos en las sabrosidades de la espuma y las patas de bestias escondidas que lastiman burbujas de limo diluido que tronchan las luces de pálidos peces que remueven acumuladas regiones de estiércol.’ Pero yo no soy el escriba que viaja por estos ríos las tablas de cedro no mojan mi calzón y nada habrá de nuevo en las ensalivadas palabras que navegan en la falupa blanca: una consonante envejece junto a su sílaba muerta y un trazo cualquiera se gasta en la tinta o en la piedra. Y la palanca de madera impenetrable -con mano diestra de patrón y con mano izquierda de terrestre marinero-aparta las crecientes gelatinas que enferman el agua. Y la vela única emplumada por las tensiones del viento ajusta su reflejo en los cabellos y las ropas extranjeras. Yo no soy quien navega no soy el que moja sus enhuesadas manos: nadie puede escribir sobre las viejas burbujas que simplemente recomienzan a pasar.
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