Cantar del tiempo en la tierra (Elegía) (Poemas del I al X) de María Cristina Orantes

Tal como es arriba, es abajo.
Entre el si y el no
¿cual es la diferencia?
Entre el bien y el mal
¿cual es la diferencia?’
TAO TE KING (Fragmento)

I

Todo igual.
Ninguna diferencia.
Igual que en el principio
en el final.
Ninguna diferencia…

II

Hay que armarnos con todos nuestros besos,
recoger las palabras que han quedado dispersas
y decirnos adiós.

Pero antes de perderme en el silencio
de la soledad nueva,
he de deslizarme por completo
sobre tu superficie,
y he de cerrar tus ojos,
porque han de ser mis dedos
los que cierren tus ojos.
Postrado ante tus plantas,
desabrochando el alma,
en esta confesión, la última de tantas,
he de decirte que todo lo vivido ha valido la pena.

III

Han quedado en tu huerto jirones de mis pasos,
en ti dejé clavadas mi esencia, mi arrogancia,
mis días apacibles, mi verdad continuada;
y he llevado conmigo tu rosal, tus espinas,
tu extensión infinita, tu germen y tu estirpe.
Y es que yo te hice mía:
convirtiéndome en fluido que ha nutrido tus venas,
tendiéndome en tu red para que me atraparas;
y también te he creado:
te extraje desde mi inmensa sombra inexistente,
te saqué de la nada
y te he herrado las carnes
como te he herrado el alma.
En ti fundí el principio de lo eterno:
identidad profunda y verdadera,
reflejo de mi imagen, que en tu ser permanece.

IV

Te he llevado en mi ruta de la mano,
y tu mano me señaló el camino
en un viaje que me llevó a explorarte;
conocí tus cavernas,
te inundé de silencios y de pájaros,
te florecí completa del alba al mediodía;
te sentí estremecerte bajo mis vendavales
y te arranqué el aliento.
Te hice crujir los huesos
en un orgasmo convulso y explosivo,
hasta dejarte lasa como estatua de sal,
desnuda y agrietada,
mientras rodaban lágrimas por tus atardeceres.

V

Fértil planicie fue tu vientre joven
que maduró bajo mi sol de marzo.
Y ha valido la pena
todo el dolor guardado en tu armadura,
y el moretón constante
por el diario tropezón con la vida.
Todo valió la pena porque todo está hecho;
el ciclo se ha cumplido:
se ha sellado cada madrugada,
y también cada fuego,
cada grano de luz, cada camino.

VI

Me deslicé sobre tu piel de musgo
llevándome a mi paso
la estrella de tus sueños,
me he llevado el farol de las esquinas,
los vagones del tren
-siglos enteros cargados de promesas y preguntas-.
Me lo he llevado todo, pero yo no me he ido,
he seguido a tu lado, velando tu vigilia,
entre cuatro paredes selladas para todo.
Y en esa catacumba se fueron revelando
tus caminos ocultos, tu corazón entero.
Explorando tu carne
aprendí a conocerte y a adentrarme en mi mismo,
en ese túnel hondo que he llevado por dentro…
Amurallados, solos,
seguimos descubriéndonos,
mis límites: tus brazos
tus cadenas: mis dedos.
Así sobrevivimos…

VII

Afuera de nosotros redoblaba el tambor,
y crujía hasta el polvo
al compás de la marcha que llegaba a la puerta.
Una sombra siniestra se extendía…
Abarcó los caminos y los pobló de espanto,
fue creciendo, creciendo,
hasta alcanzar el cielo,
hasta atrapar los pájaros
y borrarlos a todos de la historia;

y ha seguido creciendo,
ha cubierto las nubes, se ha tragado la brisa
en busca de los hombres.

VIII

A nuestra madriguera
van llegando los pasos presurosos
al compás de la marcha…
BOM! BOM! BOM!
Tatatatatata…tatata….tata…
Y la faz del silencio estaba allí…

IX

Era un cuerpo sin alma
tendiéndonos la mano
abarcándolo todo con sus pupilas huecas,
ventanas de una vieja ciudad,
sombra entre sombras, arropada por sombras,
cerrándole el camino a las rendijas
y sabiéndolo todo.
Tendido a nuestra puerta,
el desértico espacio.

¿Dónde fueron los pasos?
algunos escaparon tras unas pocas puertas entreabiertas.
Dichosos pasos aquellos que se alejan,
otros no lo lograron,
se quedaron clavados frente a nuestra ventana
como ramos de flores.
Una ofrenda…

X

Hubo un nuevo paisaje que pintar.
Pero faltó la mano que pintara.
¿ Dónde se fue la mano cercenada?
¿al fondo de algún río? ¿ a la fosa común?
A cualquier parte, a todas partes,
yo la he visto agitarse, con desesperación,
cerrando, abriendo el puño,
buscando aquel cabello enmarañado
y el resto de su carne y de sus huesos…

No para el estertor:
ni la danza macabra del pulpo ciego y desasosegado,
raíz desesperada que araña la fosa,
en búsqueda incesante de lo único que tuvo:
su sangre hoy coagulada
y un corazón cualquiera.

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