Carta a mí misma de Ana María Iza

¿Recuerdas cuando era el teléfono un pájaro cantando en el alambre… ? Nunca creíste que sólo se trataba de un vil artefacto. Eras insoportable. Por eso hasta quisiste un lunes regalarte. Tenías la mirada llena de barcos. Dabas de comer a los perros del parque y te sabías de memoria el número de árboles, a fuerza de ser viento, de ser hoja, de husmear no sé qué estrella entre las ramas. Eras un raro espécimen, una degeneración futura, un grifo siempre yéndose, ya ni sé qué decirte, eras algo bastante feo que me gustaba. Te pregunto, por preguntarte, porque sí, porque llueve y algún entremetido te ha empujado: ¿Qué harías si te dejara libre, si de un manotón quitara la montaña …? De ley irías a refugiarte en la ternura, a estrellarte en el borde de un retrato. A escabar en el suelo un sucio anillo del que nacieron rosas, lombrices, telarañas. Tú, siempre serás tú. No habrá abracadabra que te cambie. No habrá reencarnación que te libre del lodo de los sueños. No habrá forma de librarse de ti ni estrangulándote. Oye: no vayas a suicidarte. Me es indispensable tu presencia: triste, desafiante. Terminada en punta -como una hoja- detrás de la ventana.
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