Carta abierta de Manuel Gutiérrez Nájera

Tiene el amor su código, señora,
y en él mi crimen pago con la vida.
Así es mi corazón: ama una hora,
es amado después y luego olvida.

En este tren expreso en que viajamos,
aman siempre el vapor los corazones,
que así como el trayecto que cruzamos
tiene el alma también sus estaciones.

¿Quién detiene en su giro a la veleta?
¿Quién a sus plantas encadena el viento?
¿Dónde se halla el Alcides que sujeta
al Ícaro inmortal del pensamiento?

Amor… Cada alborada que amanece
de nuestros sueños en la bruma vaga,
se derrama en los aires, crece, crece,
y cuando vamos a mirar se apaga.

Soñamos con amor, y nos agita
la volcánica lava del deseo:
matamos nuestro amor, y resucita
con las múltiples formas de Proteo.

Hoy es una mujer que nos adora;
mañana una mujer que nos desdeña,
y mientras más por el amor se llora,
con más ahínco en el amor se sueña.

Así es el hombre! Tántalo que tiene
la sed del ideal, la poesía:
una mujer a su camino viene
y exclama el corazón: ¡Esa es la mía!

Es suya esa mujer, los goces nacen,
la ve, la palpa, sus mejillas besa…
Las alas del querube se deshacen
y exclama el corazón: ¡No! ¡No era ésa!

No dañan las escarchas del invierno
al árbol que sin hojas ha quedado,
así el amor, para que viva eterno,
tiene que ser por fuerza desgraciado.

Tú, sí, dolor, los sueños eternizas;
tú, sólo tú, de la creación monarca;
tú que formar supiste con cenizas
la escultórica Laura de Petrarca.

¡Qué estéril es la dicha! Si su nido
al Taso hubiera abierto tentadora,
¡cómo se hubiera al fin desvanecido
la pálida silueta de Leonora!

¡Amor es un laúd, es una lira
que vibra en el espacio y enmudece.
Amor es una Ofelia que suspira…
No la queráis tocar… ¡Se desvanece!

Ya veis, señora, que si el crimen mío
fue el querellaros una vez de amores,
me ha sorprendido de la noche el frío
sin una estufa en que abrigar mis flores.

Como es muy triste el sol en el ocaso
el apurar la dicha me da miedo.
Sois hermosa y feliz, me amáis acaso…,
os quisiera querer, pero no puedo.

Busco las dichas del hogar sencillas,
para eso guardo mi postrer cariño,
yo quiero que descanse en mis rodillas
la rubia cabecita de algún niño.

Dejad que busque luz para mi noche,
si la pasión con sus fulgores pierdo,
y no arrojéis la gota del reproche
en el sublime néctar del recuerdo.

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