Carta De Una Dama de Vicente Núñez

sirve el té a sus amigos entre efímeras lilas. Yo la hubiese querido porque, igual que la suya, mi vida es una inútil e inacabable espera. Pero he aquí que es tarde, y ella murió hace tiempo, y de una vieja carta banalmente perfecta su recuerdo difunde perenne y raro aroma. «Londres, mil novecientos siete. Querido amigo: Siempre estuve segura, lo sabes, de que un día… Mas trata de excusarme si divago; es invierno y no ignoras cuán poco me ocupo de mí misma. Te espero. Los enebros han crecido y las tardes culminan hacia el río y los rojos islotes. Soy triste y, si no llegas, un tema de suspiros hundirá al gabinete, de un raso ajedrezado, en el inmundo estiércol del tedio y la derrota. Para ti habrá una torre, un jardín afligido y unas campanas graves húmedas de armonía; y no habrá té ni libros ni amigos ni advertencias, pues yo no seré joven ni querré que te vayas…» Y esta dama de Eliot, tan dúctil y serena, se habrá desvanecido también entre las lilas, y el banderín siniestro del suicidio ardería un instante en la estancia con su opaco alarido.
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