Con orden y concierto de Jordi Virallonga

-Adagio Calmo- Para Pilar Chavarrías Alvarez
Carissima: Aunque ser no sea lo que soy ni lo que he sido, sino una cosa vaga, todo significa ver lo que estos ojos ven porque uno no detenta más vida que la suya, y ya que lo preguntas: Asistirás a la cerrada verdad de la quietud, aun en la distancia, porque son tus ojos en mí los que te llevan. Asistirás aunque no adviertas perpetrar la emboscada del día o se vuelva gris el tren y acucie la insistencia una patria sin edad. Asistirá de nuevo el tiempo triángulo amoroso de un antiguo anhelo, sin que le importe al tiempo un álamo el riesgo de poseer al tiempo, a ti o al pensamiento que te lleva a cientos de quilómetros por nada más extraño que su hora. Adulta o no, la alameda se repite: la alameda se repite como un obcecado mirador de despertares. Agradece pues esas miradas desbandadas como el alojo de un cuerpo en un cuerpo que le vence, así el jolgorio de verano en los ulises de las playas, tal el vicio en el cerebro de los hombres de Instituto (entonces yo era una pena y no estaba, yo estaba rindiéndome a escondidas de los curas a Sachmis de Karnak). Pero como en ti se obcecó el clima de aquel aire, estarás durmiendo. Dormir fue siempre en ti un particular viaje, una parcial totalidad de andar despierta, abandonada siempre como abandonándote, como si ya en el avión no encontraran más que tu maleta, como si te hubieran secuestrado en Oriente al comprar una tetera, como si me hubiera tragado el desagüe y no me encontraras al licuarse las burbujas de jabón. Todo este anacoluto -que rima con grazie di tutto, es decir con falta de coherencia emocional- viene a cuento de que me pareció tu nombre entero un bar pequeño, pueblo anexionado al empeño de poder a toda edad, sólo por el son y serpenteo de una sonrisa limpia, cerrado caracol, embrión del reposo que al estallido brama… oh sí dime ¿cuándo amando a las mujeres te llamé mujer? Amando el verde amé la tropelía de tus ojos donde quiera que se urdiera una fatiga, aquí, como si de veras habitara alguien capaz de residirte sin tú abandonarle. El frío afila la vagina de los puentes (qué fría maquinación esta de así respirar). La alameda se repite en su ingenua vocación filmada como el culo de un mandril en un álbum de animales; restará ahí siempre como el museo egipcio, como los felinos y marmóreos pechos de Sachmis de Karnak. Amando los felinos y marmóreos pechos de Sachmis de Karnak amé los tuyos, mis horas bajas: el revisitado estado donde no se hacía viejo ni jamás, la hora de volver a casa, una especial mala uva por la cual bebo tanto y pierdo poco a poco la memoria y el futuro que no siendo mío cruzará de nuevo la estupidez de amar, es decir, de volver a conocerte. Decía que aunque febrero no sea ya tu mano en el cambio de luna y un teléfono hilvane y sepas que no hay razón en esta telefónica ventura, es inútil saber que eres tan sólo tú quien pasas, o yo, o todos los ojos de este tren saltando álamos, un mandril, el recuerdo fotográfico en las bolsas de maíz, el cauce seco que quizá ensombreciera un viaducto, o Sachmis de Karnak en el museo de mis ojos, ya los tuyos. sólo nosotros, por mucho que el observatorio espere persiga y aguarde a todos los cometas en su idiota trayectoria, o nos prometan que dentro de cien años, ya pesar de los primates, la flor del junco reflorecerá. Quiero decir, quería se entendiera, que a veces sólo a veces gran amor es casi siempre un infortunio, lo es respirar así, tan como queriéndolo, como contando pulsaciones. y tú lo sabes -llegaste azul, azul al verde y lo supiste todo-, porque escribir esto es amarte aun al desaguar lo que todos dejamos de ser levantando losas, buscando playas. Tampoco yo demostraré que aquel tiempo de laurel y de jardines y de cuerda y de columpio y de atado a los cipreses; de testigo insobornable de una infancia infame, pasó, aunque ocupe también ahora el sueño ajeno (así un labio dejado en el cristal) , de habitar un lugar que aun siendo mío es de alguien que pronto volverá por todo aliento que le fue arrebatado. Estoy cansado, D’ Artagnan, es cierto que no merece la vida una pregunta. En realidad las cosas me son así por eso que no supe ser a tiempo, tú ya sabes: llegó abril y tus ojos de cometa se asomaron a la apatía de las próximas playas. Nunca quise retenerte. En realidad las cosas fueron así, entonces no te dije, y quizá eso lo hubiera aclarado todo, te digo, ya que no lo preguntas.
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