De «Palabra en tierra» de Carlos Illescas

Futuro Tener un nombre, lo primero. La mujer. El fusil de dulce carga. Estrellas caudalosas. Después, lo que se adquiere con el aire; el agua con la sed, la geometría, el hambre. Antes, haber cavado en la ceniza la madriguera de la brasa, tatuado en rostros inconclusos el infortunio, la miseria: traición del pan de cada día. Antes, copa del viento la garganta, haber destrozado el romanticismo, sus rosas petulantes, su copa encanecida mientras ciega el fusil de la esperanza: la nostalgia del mundo sumergido en la gota de sueño. Porque después, escúchame, vendrán los efímeros leviatanes rabiosamente hincados en el cuello del hombre que agoniza: comerciantes de doble y triple dentadura mientras nosotros, pueblos del mundo, terminamos de crecer. * * * * * Fraternidad Tomaré el lápiz más humano. Lápiz sin crótalos ni luces invisibles, sólo el color, la forma sin olvido, la aljaba de los panes milagrosos, el agua en llama cuantas veces quiera. El ojo de una sombra, sus vacíos fielmente retratados en el vano, el maxilar y la medida, lápiz de azules golondrinas, paz del alba, fruto del fruto y ámbar del trabajo. Camino y pez en paz, fetal dolencia, el canto en sorbo, el trazo justo, lápiz, cernida estrella en la mañana, digo, vivo diciendo lápiz que tu sombra dibuje el alto cielo de mi patria. * * * * * Midas La maldición fue ésta: «lo que toques será en oro convertido». Ni la doliente dalia, que sigue al día como un perro, ni la fastuosa hormiga en el lecho en que yazgo, han escapado al sortilegio. Todos perecen. * * * * * Muerte Reunidas las pupilas para siempre, banquete es el afán y no la espina; pero tú, devastado martirio de hoy, serás la desposada de mañana. * * * * * Mujeres Tibias y poderosas, salud en los molinos anhelantes; aspas son, y luciérnagas, misa del horno y la manzana. Yo, cartógrafo en sus laúdes, el mundo me destina la forma de sus senos, particulares, hoscos y gentiles. * * * * * Pesadilla ¿Acaso puse en los cielos nocturnos las estrellas rutilantes, en las aguas la simiente de los peces y en los bosques la rabia de los árboles, para que preguntes cómo he podido incinerar mi corazón entre las urnas? Hermanos, calcomanías, esteras, lobos, pestañas, rojos retratos, vasos, postales, mercaderes, horticultura, grises de humo, pasos, nivel del alma, tornillos suspirantes, quietud, incensarios bajo las lámparas. ¿Cómo puedes preguntar, entonces, si tu corazón -festín de ratas- yace incinerado y nadie lo redime? * * * * * ¿Quién ha muerto? ¿Por qué mi alma vuela aún en pos de ti, oh prodigiosa? ¿Por qué al remover mis aguas emerge un brazo ciego, armado con las armas del día y la profunda tristeza del mundo? ¿Por qué si nada existe ya fuera del círculo de fuego mi alma aún te busca como sonda en un mar ilimitado? ¿Quién con mano osada levanta las cometas en el cielo ignorando tus ojos de inocente transparencia donde yacen el fin y el principio de la noche alarmada por los astros? ¿Quién busca entre tus vetas la pertinacia de los metales que aduermen viejos ritos de nuestro amor ya sepultado? ¿Cómo y dónde hallar los recentales de cálido mugido, unidos a tus pies, al otoño que tus pies dejaban al segar la yerba del buen año y la respiración el mirlo? ¿Quién, entonces, ha muerto, oh prodigiosa, en las riberas de lagos lúcidos, palomas propensas a desfallecer de ternura? ¿Acaso nuestra frente ha fallecido viviendo aún la tarde, esplendiendo la aurora sobre la llama de un fantasma hosco? ¿Nuestras manos? ¿Los pies del tullido? ¿La prisa del jinete que gana todavía la esperanza, en medio la batalla de los años? ¿Quién ha muerto aquí? ¿El lobo o el pastor? ¿Acaso la vigilia de jardines episódicos, presos bajo el hierro del desengaño? * * * * * Recién casada Las bestias se bebieron la champaña, de rodillas, todas, con las copas llenas; de uñas, todas, con los vasos rebosantes. Tú, amor, dulce hasta perderte en la inscripción de este epitafio, posabas los ojos en mí y sonreías llorando cada gesto, como si previeras mi muerte, mi desesperación, el adiós de quien te ha perdido. * * * * * Soliloquio Escucha, amor, esta llama doblemente amarga, su poblada deferencia de tiniebla. Amados alacranes en tus hombros. Mírame dormir en tu corpiño, imagen, sensación de olvido. Hoy contemplas la camisa que me diste rota a mordiscos desesperados. rodillas y hierba. ¿Quién organiza el funeral y muerde el sollozo del último invitado? * * * * * Tus manos en las mías Persistirá tu rostro sobre la espuma albeante. El barco dibujado. Inscribí tu nombre en las cortezas de los árboles, a fresa sangre di el color de tus ojos y en gotas transparentes, gajos del agua, tallé la flor reclinada de tarde en un pañuelo roto, revuelto el arcón; despreciada la máscara del día, los años apretaron tus manos en las mías. ¿Cuándo volverá la rama radiante de sol a impartirnos su lección de fiebre? El camino lleva veredas de ventrílocuo, empecinados remolinos, alma y canción, ermitas bajo el olmo en rapidez de sombras rumoreantes al desvanecerse. El barco, ciempiés sus remos en el agua, ha empezado a caminar, tus brazos tienden las velas amortajando la mucha lejanía. ¿Quién nos vive? ¿A cuántos seres habitamos, descritos en otras existencias libres de melancolía? Sólo tú reconocerás la antigüedad del agua apisonada por las olas, reencontrarás el camino en las vertientes, lúcida al hacer morada mi memoria. Persistirán tus sienes, el palafrén azucarado en el frontón de la repisa, tus amados indios, los negros maltratados como libros revueltos sobre un mostrador de zánganos. La palabra amor ya no me es negada. Sugiere su maduración, sus rayos. Tomo en la reverberación la lámpara que un nocturno día dirigiera mi ejercicio, tú la agitabas entre los relámpagos de la sombra. Pies y brazos. Movimiento. Entonces me tomabas en tus brazos. ¿Cuántas estrellas cambiaron sus primeros dientes? ¿Cuántos árboles renovaron el surtidor de ramas para encubrirnos? La humedad es sólo nombre destructivo del agua o su vitalidad anónima. La diferencia, su principio como quien, secretamente, menciona un bacilo fervoroso, pero menos seguro de sí mismo, tras la huella del ángel arrepentido. Ha empezado la secreta ablución. Los topacios atados en el interior del calcio lúcido, prorrogan la transparencia al orar, mirando hacia el oriente, tenaces sus castañuelas cíclicas, ¡y he aquí parroquianos en los eriales que el agua había corroído la suma de las rocas y su voz alcanzaba a tocar los paraguas del diluvio, hacinados en árboles y dólmenes!
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