El exilio de Minerva de Sonia Silva Rosas

A Minerva Margarita Villarreal Serán estas cuatro paredes la hoja que por años has buscado, a la vuelta de tus días escucharé de ellas las palabras que tropezaron con el ápice de tu lengua para quedar estancadas en tu mirada. Exprimirás entonces tus pupilas necesario es que lo hagas con tal fuerza que te permita quedar ausente de paisajes, imágenes y recuerdos de nada servirán las fotografías de nada servirá leer tu mano para recorrer de nuevo el pasado. Desamparada buscarás entre los telones de la historia algún motivo que ayude a descifrarte algún motivo que te haya obligado a respirar en esta nube de concreto y no encontrarás ninguno ninguno sólo una bocanada de soledad huyendo de tus pulmones sólo la impotencia de saberte en la orilla de ese otro lado. ¿Quién te pidió permiso para que existieras? ¿Quién demonios dijo que deseabas el aliento en tu barro mal formado? En este muro de arcilla dibujarás los rostros que anhelabas para tu rostro, el vacío también lleva una máscara, sólo es cuestión de mirarse fijamente en el espejo para encontrar el gesto preciso de su angustia sólo necesitas cincel y un grano de paciencia para descubrir que te enviaron sin rostro alguno: No eres ni fantasma, ni sombra, ni criatura, ni raíz, ni tiempo en la distancia, simplemente no eres, nunca fuiste. Llenarás de ti este otro muro. De sus esquinas penderán tus sueños ya coagulados, y si aún por tus venas fluye algo de sangre, teñirás con ella los pliegues que siempre ocultaron la desesperanza, el error y el exilio. Tal vez en tu lecho busquen refugio algunas gotas, tal vez esas gotas se transformen en mareas y se lleven entre olas el sordo lamento de tus fantasmas, no te preocupes por ellos sabrán protegerse del olvido escribiendo su nombre en el tercer muro, por eso los marcos, las molduras y velas, para invocar la pesadumbre que sus huesos vistieron a través de los años. Cada jueves bajarán los santos a peinarles el abandono y cuando la fatiga por estar colgados los abrume, se dejarán llevar por el viento y no habrá santo, ni dios ni diablo que les haga cambiar de parecer. No te angusties cuando esto suceda, recuerda el agujero de la pared cuarta, sólo a través de él contemplarás cómo tropiezan con árboles, techos y ramas, sólo por él sentirás cómo su mirada se clava en tu mirada y deberás exprimirte con más fuerza para no dejar en ti palabra e imagen, ni siquiera algo de aliento que amenace con llenar de polvo el final de tu obra. En estas cuatro paredes, el acrílico de tu mirada ¿En cuál de sus esquinas contemplaré derramada tu presencia?
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