El matadero de Salvador Salazar Arrué (Salarrué)

Hay un solar, una galera de teja. Es casa sin paredes. Los muebles: varas de tarro atadas de pilar a pilar. Las cortinas, de carne olisca, las alfombras de cuero estacado. Casa acalambrada, hedionda…; casa mala, de matar la res; rastro, rastro de sangre… Hay charcos rojos en el suelo. Hay postes con ergástulas: altares del Diablo donde adoran rezando las moscas negras, rizadas como barbas de mono, barba que se desplaza como gusanos de gusanera. En el solar hay tres palos mochos donde se están, llorando apersogadas las víctimas. La res presiente la muerte, avisada por el zumo de su propia sanguaza. El matador es un hombre gordo, bofo, de voz delgada (voz amujerada) y delantal overo, en rojo barrioso y amarillo-verde de huevo-huero y bilis. Es panzón y sonríe con boca de chancleta. Tiene manos peludas y atamaldas. ¡Qué pobre hombre feo y espantoso!, si Dios lo perdona…, ¡que lo perdone!… Amanece con un quinqué y un cuchillo largo, largo… Anda entre berridos arrastrando su sombra larga larga… Le ayudan dos mozos descamisados, prietos como él. Le siguen los pasos tres perros gordos, gordos, pesados y sanguinolentes como él. Esta casa es una llaga en el cerro. La mantienen los dianches, la custodian los zopes en largos retenes, por turnos, entre graznidos y pleitos y aletazos de escoba rota, sobre los pedregales y los basureros. Un día el matador se ahogará con su propia saliva, alzando los brazos y dando trapiés, rojo de asfixia. Caerá donde destazan y está mojado-caliente, sanguinolente, pestilente. Un día se vendrá el temblor, o el huracán, o el incendio y la casa maldita perecerá entre el polvo y el humo y la res no llorará ya nunca más, nunca más, nunca más…
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