El potlatch de las siestas de Arturo Carrera

Un coloquio remoto se hundía en la exageración

(miniatura de una incertidumbre
que lo amparaba): Algo querrá ahorrarnos
siempre, la pena de la escritura

El campo.
Todas sus cruzadas de comadronas
invisibles.
La arena de oro el sentido y del sentido,

madres desaparecidas. Vuelvo a una patria
de terrores pueriles y asaltos
a la pequeña oscurecida urbe
de la memoria: Oh, tristeza

Me has enfrentado al lujo insoportable
de mi desnudez.

Aquí está el mapa de lo reído y de lo
por reir.
Los lugares que deslizan su ritmo reificado
en lo alarmante:

El tiempo
que contrae
el abismo
de los niños.

Hay que enfermarse.
Hay que enloquecer.

«Hay tres minas jugando
al Ludo, podés creer?»
-dijo Mariano.
«Parece que juegan y
cuando las mirás fijamente
desaparece el tablero».

«Estás en pedo -dijo Julio.
«Más borracho que ellas».

Busca el agravio de la alucinación
compuesta (se despereza en estos
campos)

Sus patios para dar mis vueltas.

Sus sótanos para retocar heroicamente
los homenajes al cuadrado.

El campo.

Unas cartografías silbadoras. Colores
repetidos en los timbres, oh, monjes:

Vosotros que de la plegaria hicisteis
una partitura, un mapa para el acting
de escoger de la luz la calentita sombra
quejumbrosa.

Vosotros,
para quienes el mal y el bien
son el paisaje: el paseo más puro
de la contemplación

Estamos en Indio Rico,
a escasos kilómetros de Pringles y
es la industria de los noveleros,
con sus flechas de macizo oro y sus
boleadoras de pepitas áureas forradas
de billetes de cuero.
Estas son dunas, dunas mínimal, y
estas son napas con láminas de mica
traspapeladas.

Ahora estoy en Pringles,
en la azotea de mi casa donde soy Vatek,
con mis astronomías lanares y gozo,
como también de día gozo, tendiendo
desnudo la ropa: paso por el silencio
costumbres que el almuédano corta
al llamar a la Meca: duda, por todas
sus geometrías secretas donde la luna
entierra unas cerezas frías.

Hijo,
y padre.
Pero con un juego limpio
bajo la nariz ganchuda: el amor,
el equilibrio tumultuoso del «galpón»
donde unos tumultuosos quemaban los
juguetes y el trigo.

Malones.
Malones señores pintados con su crueldad
que cunde como el fuego del deseo
en la pampa.

Pero hay el barullo de lo pequeño, aún,
cruzando el cielo matizado sobre
cardos y escobas albinas y estolas plateadas.
El brillo del panadero, erizo suavísimo
con su relámpago tieso de madrugada,

y también el llanto,
el llanto ameno del siringo, angustiante,
y prolongado.

Estímulo de la secreta alegría de la sensación
de simular tantos discursos y prometer más
mímicas,
más mordeduras.

Algo que quiere ahorrarnos
la pena de la escritura: No hace mucho le
dije a Emeterio: No he fundado ningún sistema
nuevo de lectura; nada original: ni siquiera,
volverme imperceptible. ahora enmascararnos
los brazos, las manos. (No dijo nada y después
pensando que iba al mar con los chicos dijo:
«Comprate una sombrilla, es algo que puede
durarte años»).

Genet sabe que el goce le es negado por
principio -dijo Sartre.

¿Yo busco el agravio de la muerte?
No; enumero el sentido de una desaparición
escrupulosa:

el arco iris no.
los niños no.
un amor no.
un cuerpo que al pasar
deja que el deseo nómade se precipite en él
como una nevisca incandescente,
como una lluvia
fulminante. No.

una idea célibe no. viuda no.

una frase fastuosa que aparece
en la mitad de un ingenuo
momento,
de una ingenua desaparición

Del campo. No.
Del fauno o silvano que aflojó los cordones
soltó los ojos en los manojos de doradas
espigas. No.

Un sileno no.
Un coribante con su falo serruchado
en la mano,
bailando y restallando de dolor,
bailando y restallando. No.

Genet sabe que el goce
le es negado por principio:
Natachita me trajo su libro de cuentos
y Natacha, la madre, leyó en ruso.
Un cuento que no entendí, pero que
disfruté bestialmente
como una bestia que se sale de su ajustada
maya.
Natachita me miraba.
Liliana agachó la cabeza y alzó, imperceptiblemente,
los difíciles hombros: Ella también escuchaba.

Natacha cantaba, en realidad, ese cuento
maravilloso. Cuando terminó, alguien dijo: «¡Qué lindo!»
Natacha se apresuró a explicarnos que era un cuento
que le leían asiduamente a Pushkin.

Me despedí de todos ellos, como siempre,
besando a cada niño: coronando con un acto de
malsana estupidez aquella estupenda «lección»
de poesía.

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