Elegía de primavera de José María Valverde

¡Dulce tarde infinita,
anégame en tus aguas de oro quieto
donde el alma reposa sin angustias;
dame tu plenitud, que nada quiere!

Eres eternidad.
Tú me borras el tiempo y el espacio.

Todas las primaveras de mi vida
suben de mis bolsillos a mis manos.
Primavera de niño, en los balcones,
viéndola, como un mar, ante mí abierta;
y luego, en el paseo
-mientras que yo miraba
jugar a los demás, meditabundo-,
iluminando mi alma silenciosa,
sola como un mendigo…
(… y la rueda de niñas…)

Primavera de siempre, con el ansia
de quererla beber hasta encontrarle el fondo.
¡Que no quede una hoja ni una brisa
que yo no haya gozado!
¡Que no te vayas nunca, primavera!

Y el espacio no existe: aquí está el mundo.
En la hermandad del sol
este valle y el otro son el mismo.
Ya está fundido todo.
La tierra entera canta entre mis brazos,
y me llaman los montes nunca vistos
y siento aquí presentes las ciudades
donde sueñan muchachas ignoradas…

¡Primaveral tristeza de estar solo!
Yo quisiera tener bajo mis manos
pétalos de las rosas más lejanas,
y una voz de muchacha, suave y tibia,
guardada en la cartera…
Tristeza porque sí, porque estoy triste
cuando todo se alegra sin razones…

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