Epístola de Rubén Darío

I Madame Lugones, J’ai commencé ces vers en écoutant la voix d’un carillon d’Anvers… ¡Así empecé, en francés, pensando en Rodenbach cuando hice hacia el Brasil una fuga… de Bach! En Río de Janeiro iba yo a proseguir, poniendo en cada verso el oro y el zafir y la esmeralda de esos pájaros-moscas que melifican entre las áureas siestas foscas que temen los que temen el cruel vómito negro. Ya no existe allá fiebre amarilla. ¡Me alegro! Et pour cause. Yo pan-americanicé con un vago temor y con muy poca fe en la tierra de los diamantes y la dicha tropical. Me encantó ver la vera machicha, mas encontré también un gran núcleo cordial de almas llenas de amor, de ensueños, de ideal. Y si había un calor atroz, también había todas las consecuencias y ventajas del día, en panorama igual al de los cuadros y hasta igual al que pudiera imaginarse… Basta. Mi ditirambo brasileño es ditirambo que aprobaría su marido. Arcades ambo. II Mas el calor de ese Brasil maravilloso, tan fecundo, tan grande, tan rico, tan hermoso, a pesar de Tijuca y del cielo opulento, a pesar de ese foco vivaz de pensamiento, a pesar de Nabuco, embajador, y de los delegados panamericanos que hicieron posible por hacer cosas buenas, saboreé lo ácido del saco de mis penas; quiero decir que me enfermé. La neurastenia es un dón que me vino con mi obra primigenia. ¡Y he vivido tan mal, y tan bien, cómo y tánto! ¡Y tan buen comedor guardo bajo mi manto! ¡Y tan buen bebedor tengo bajo mi capa! ¡Y he gustado bocados de cardenal y papa!… Y he exprimido la ubre cerebral tantas veces, que estoy grave. Esto es mucho ruido y pocas nueces, según dicen doctores de una sapiencia suma. Mis dolencias se van en ilusión y espuma. Me recetan que no haga nada ni piense nada, que me retire al campo a ver la madrugada con las alondras y con Garcilaso, y con el sport. ¡Bravo! Sí. Bien. Muy bien. ¿Y La Nación? ¿Y mi trabajo diario y preciso y fatal? ¿No se sabe que soy cónsul como Stendhal? Es preciso que el médico que eso recete, dé también libro de cheques para el Crédit Lyonnais, y envíe un automóvil devorador del viento, en el cual se pasee mi egregio aburrimiento, harto de profilaxis, de ciencia y de verdad. III En fin, convaleciente, llegué a nuestra ciudad de Buenos Aires, no sin haber escuchado a míster Root a bordo del Charleston sagrado; mas mi convalecencia duró poco. ¿Qué digo? Mi emoción, mi estusiasmo y mi recuerdo amigo, y el banquete de La Nación, que fue estupendo, y mis viejas siringas con su pánico estruendo, y ese fervor porteño, ese perpetuo arder, y el milagro de gracia que brota en la mujer argentina, y mis ansias de gozar de esa tierra, me pusieron de nuevo con mis nervios en guerra. Y me volví a París. Me volví al enemigo terrible, centro de la neurosis, ombligo de la locura, foco de todo surmenage donde hago buenamente mi papel de sauvage encerrado en mi celda de la rue Marivaux, confiando sólo en mí y resguardando el yo. ¡Y si lo resguardara, señora, si no fuera lo que llaman los parisienses una pera! A mi rincón me llegan a buscar las intrigas, las pequeñas miserias, las traiciones amigas, y las ingratitudes. Mi maldita visión sentimental del mundo me aprieta el corazón, y así cualquier tunante me explotará a su gusto. Soy así. Se me puede burlar con calma. Es justo. Por eso los astutos, los listos, dicen que no conozco el valor del dinero. ¡Lo sé! Que ando, nefelibata, por las nubes… Entiendo. Que no soy hombre práctico en la vida… ¡Estupendo! Sí, lo confieso: soy inútil. No trabajo por arrancar a otro su pitanza; no bajo a hacer la vida sórdida de ciertos previsores. Y no ahorro ni en seda, ni en champaña, ni en flores. No combino sutiles pequeñeces, ni quiero quitarle de la boca su pan al compañero. Me complace en los cuellos blancos ver los diamantes. Gusto de gentes de maneras elegantes y de finas palabras y de nobles ideas. Las gentes sin higiene ni urbanidad, de feas trazas, avaros, torpes, o malignos y rudos, mantienen, lo confieso, mis entusiasmos mudos. No conozco el valor del oro… ¿Saben esos que tal dicen lo amargo del jugo de mis sesos, del sudor de mi alma, de mi sangre y mi tinta, del pensamiento en obra y de la idea encinta? ¿He nacido yo acaso hijo de millonario? ¿He tenido yo Cirineo en mi Calvario? IV Tal continué en París lo empezado en Anvers. Hoy, heme aquí en Mallorca, la terra dels foners, como dice Mossen Cinto, el gran Catalán. Y desde aquí, señora, mis versos a ti van, olorosos a sal marina y azahares, al suave aliento de las islas Baleares. Hay un mar tan azul como el Partenopeo. Y el azul celestial, vasto como un deseo, su techo cristalino bruñe con sol de oro. Aquí todo es alegre, fino, sano y sonoro. Barcas de pescadores sobre la mar tranquila descubro desde la terraza de mi villa, que se alza entre las flores de su jardín fragante, con un monte detrás y con la mar delante. V A veces me dirijo al mercado, que está en la Plaza Mayor. (¿Qué Coppée, no es verdá?) Me rozo con un núcleo crespo de muchedumbre que viene por la carne, la fruta y la legumbre. Las mallorquinas usan una modesta falda, pañuelo en la cabeza y la trenza a la espalda. Esto, las que yo he visto, al pasar, por supuesto. Y las que no la lleven no se enojen por esto. He visto unas payesas con sus negros corpiños, con cuerpos de odaliscas y con ojos de niños; y un velo que les cae por la espalda y el cuello, dejando al aire libre lo obscuro del cabello. Sobre la falda clara, un delantal vistoso. Y saludan con un bon dia tengui gracioso, entre los cestos llenos de patatas y coles, pimientos de corales, tomates de arreboles, sonrosadas cebollas, melones y sandías, que hablan de las Arabias y las Andalucías. Calabazas y nabos para ofrecer asuntos a Madame Noailles y Francis Jammes juntos. A veces me detengo en la plaza de abastos como si respirase soplos de vientos vastos, como si se me entrase con el respiro el mundo. Estoy ante la casa en que nació Raimundo Lulio. Y en ese instante mi recuerdo me cuenta las cosas que le dijo la Rosa a la Pimienta… ¡Oh, cómo yo diría el sublime destierro y la lucha y la gloria del mallorquín de hierro! ¡Oh, cómo cantaría en un carmen sonoro la vida, el alma, el numen, del mallorquín de oro! De los hondos espíritus es de mis preferidos. Sus robles filosóficos están llenos de nidos de ruiseñor. Es otro y es hermano del Dante. ¡Cuántas veces pensara su verbo de diamente delante la Sorbona viaja del París sabio! ¡Cuántas veces he visto su infolio y su astrolabio en una bruma vaga de ensueño, y cuántas veces le oí hablar a los árabes cual Antonio a los peces, en un imaginar de pretéritas cosas que, por ser tan antiguas, se sienten tan hermosas! VI Hice una pausa. El tiempo se ha puesto malo. El mar a la furia del aire no cesa de bramar. El temporal no deja que entren los vapores. Y Un yatch de lujo busca refugio en Porto-Pi. Porto-Pi es una rada cercana y pintoresca. Vista linda: aguas bellas, luz dulce y tierra fresca. ¡Ah, señora, si fuese posible a algunos el dejar su Babilonia, su Tiro, su Babel, para poder venir a hacer su vida entera en esa luminosa y espléndida ribera! Hay no lejos de aquí un archiduque austriaco que las pomas de Ceres y las uvas de Baco cultiva, en un retiro archiducal y egregio. Hospeda como un monje ?y el hospedaje es regio?. Sobre las rocas se alza la mansión señorial y la isla le brinda ambiente imperial. Es un pariente de Jean Orth. Es un atrida que aquí ha encontrado el cierto secreto de su vida. Es un cuerdo. Aplaudamos al príncipe discreto que aprovecha a la orilla del mar ese secreto. La isla es florida y llena de encanto en todas partes. Hay un aire propicio para todas las artes. En Pollensa ha pintado Santiago Rusiñol cosas de flor de luz y de seda de sol. Y hay villa de retiro espiritual famosa: la literata Sand escribió en Valldemosa un libro. Ignoro si vino aquí con Musset, y si la vampiresa sufrió o gozó, no sé*. ¿Por qué mi vida errante no me trajo a estas sanas costas antes de que las prematuras canas de alma y cabeza hicieran de mí la mezcolanza formada de tristeza, de vida y esperanza? ¡Oh, qué buen mallorquín me sentiría ahora! ¡Oh, cómo gustaría sal de mar, miel de aurora, al sentir como en un caracol en mi cráneo el divino y eterno rumor mediterráneo! Hay en mí un griego antiguo que aquí descansó un día, después de que le dejaron loco de melodía las sirenas rosadas que atrajeron su barca. Cuanto mi ser respira, cuanto mi vista abarca, es recordado por mis íntimos sentidos; los aromas, las luces, los ecos, los ruidos, como en ondas atávicas me traen añoranzas que forman mis ensueños, mis vidas y esperanzas. Mas, ¿dónde está aquel templo de mármol, y la gruta donde mordí aquel seno dulce como una fruta? ¿Dónde los hombres ágiles que las piedras redondas recogían para los cueros de sus hondas?… Calma, calma. Esto es mucha poesía, señora. Ahora hay comerciantes muy modernos. Ahora mandan barcos prosaicos la dorada Valencia, Marsella, Barcelona y Génova. La ciencia comercial es hoy fuerte y lo acapara todo. Entretanto, respiro mi salitre y mi yodo brindados por las brisas de aqueste golfo inmenso, y a un tiempo, como Kant y como el asno, pienso. Es lo mejor. VII Y aquí mi epístola concluye. Hay un ansia de tiempo que de mi pluma fluye a veces, como hay veces de enorme economía. «Si hay, he dicho, señora, alma clara, es la mía». Mírame transparentemente, con tu marido, y guárdame lo que tú puedas del olvido.
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