Hervor de calles de Rubén Bonifaz Nuño

Hervor de calles; desembocadura de pábulos ardiendo, en la caldera sediciosa del mísero. Como hierba de gritos, como en humo lumbrarada de pelos espantados; como chubasco tupidísimo y turbio, en ascensión. Así llegaba. Y alégrate si nadie, en esta plaza, si nadie, de tan juntos y de tantos, puede caer; si nadie puede ser abatido; si no puede ninguno dejar su sitio sin morirse. Cada uno en el centro, en medio cada uno, circundados. Nace la gloria para ti, mi hermano; mi muy reverenciado, mi sin dicha, mi desgraciado pobre, mi vecino; mi, como yo, despierto. Mira: el sin tregua, el desterrado con injusticia, y el que canta, mi hermano de tu hermano, y el hambriento y la sed que aumentó de puerta en puerta; y vienen con nosotros el inválido, y el muerto a solas, y el sin nada. La gente de este lado, que ha salido de quemados olivos todo el año; de carnívoras cruces que alimenta el gran poder de la traición; de niños abortados surgiendo; de mujeres para siempre olvidadas. Desde el cogollo del dolor, humea a la libertad ensangrentada. Mira que fauces de león se descoyuntan; que ya la fiesta del alumbramiento aúlla y rinde frutos, y el profeta en su tierra, de innumerables bocas coronado, resuena, y las banderas gimen, y las hondas volando y empedradas. Y el milagro del horno y de la harina se acerca, y los ejércitos inmóviles con la resurrección, y las trompetas de los finales pájaros terrestres.
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