La arriada de Víctor Jiménez

Mana recuerdos tibios la tarde de noviembre mientras sobre la cama me acostumbro a la muerte. Acodado y absorto, un niño, desde el puente, contempla, al sol, las barcas. Con ojos transparentes el niño mira, y tiembla el agua en las paredes. Con las aguas del río, del mar y de la fuente, con las aguas del cielo lo que se fue nos vuelve. Sigue lloviendo y sigo haciéndome a la muerte. Con la lluvia verdean los recuerdos de siempre. Humeante y veloz pasa un tren bajo el puente y en su estela de humo a lo lejos se pierde sin dejar lejanía. En mi pecho inocente, de niño, qué milagro, qué alegría, qué suerte no saber cuánta vida se nos va con los trenes. Y después, cuánta lumbre apagada en la nieve. Como un perro de sombra, ¿quién una, algunas veces no dejó vagabunda el alma en los andenes? Se empañan los cristales del recuerdo. Me vence el sueño. El niño va cayendo en la corriente. Nada. Nada después más triste. Lentamente, en las aguas del tiempo, como el gozo fue hundiéndose. La lluvia va amainando, apenas casi llueve.
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