La muerte (Sol amargo, agua amarga, amargo viento) de Sara de Ibáñez

Sol amargo, agua amarga, amargo viento y amarga sangre para siempre amarga. Vencido y solo en carne y pensamiento, y el sueño antiguo por tesoro y carga. Quiso callado y solo y sin lamento sorbo a sorbo agotar su fuente larga. Miserable señor de su destino, de espaldas a la aurora abrió el camino. De espaldas a su Oriente y a su gloria, y hueso adentro una centella vaga, mordió el seco laurel de su victoria y nunca fue curado de su llaga. Terco aguijón de luto su memoria, en toda miel ejercitó su plaga. Y entre las brumas del silencio agrario fue una lenta sonrisa su calvario. Pero entre sus espigas y sus flores, cuando la muerte le entreabrió las puertas el guerrero de blancos y resplandores dianas oyó por las borradas huertas. ¡Mi caballo!, gritó: y en los alcores resonaron angélicos alertas. ¡Mi caballo! Montó el corcel sombrío, y tendió su galope sobre el frío.
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