La piedra alada de José Watanabe

EL pelícano, herido, se alejó del mar y vino a morir sobre esta breve piedra del desierto. Buscó, durante algunos días, una dignidad para su postura final: acabó como el bello movimiento congelado de una danza. Su carne todavía agónica empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus huesos blancos y leves resbalaron y se dispersaron en la arena. Extrañamente en el lomo de la piedra persistió una de sus alas, sus gelatinosos tendones se secaron y se adhirieron a la piedra como si fuera un cuerpo. Durante varios días el viento marino batió inútilmente el ala, batió sin entender que podemos imaginar un ave, la más bella, pero no hacerla volar.
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