La visita de Vicente Gallego

A Francisco Brines Esta tarde he escuchado otra vez sus pisadas a mi espalda, he notado su aliento al abrir una puerta, y sus huellas están en mis viejos papeles. Aunque no puedo verlo, hace tiempo que siento su presencia inquietante cuando me quedo solo, cuando paso las horas encerrado entre libros y palabras. Sus lamentos me llegan confundidos con el viento que gira en la terraza, y oscurece su sombra en los espejos. S?que tengo una deuda. Mientras sigo escribiendo escucho un llanto. Y no puedo pagarla. Mientras sigo escribiendo va muriéndose el día como una advertencia. S?que el plazo ha vencido. Su tristeza es un ruido que perturba mi vida, sus reproches se adaptan al sonido de este vaso con hielo, y a la tarde de otoño, y al rasgar de esta pluma en el papel donde ensayo lamentos y disculpas. S?que tengo una deuda. S?que el alma de un muerto penar?por mi culpa. Ha llegado la noche, y a través del espejo en que se ha convertido la ventana, unos ojos sin vida me contemplan. ¡Si yo hubiera podido-les explico-, si yo hubiera sabido! Y no supe pagarla. A través del cristal unos ojos me acusan: son los ojos de un niño que jamás me perdona el haber confundido su futuro y sus sueños con la vida sin sueños, con el triste futuro, de ese hombre que ahora teme al vidrio y esquiva su mirada.
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