Las afueras (VII) de Jaime Gil de Biedma

Mirad la noche del adolescente. Atrás quedaron las solicitudes del día, su familia de temores, y la distancia pasa en avenida de memorias o tumbas sin ciudad, arrabales confusos lentamente apagados. La noche se afianza -hasta los cielos cada vez, contigua la sien late en el centro. Bajo espesura de rumor la ausencia se difunde y regresa hacia los ojos sin sueño abiertos, sensitivos. Algo que debe de ser brisa, como un rastro de frescura borrándose, se exhala desde el balcón por donde entró la noche. Sus sigilosos dedos de tiniebla rozan la piel exasperada, buscan las yemas retraídas de los párpados. Y la noche se llega hasta los ojos, inquiere las inmóviles pupilas, golpea en lo más tierno que aún resiste en el instante de ceder, irrumpe cuerpo adentro, la noche, derramada, y corre despertando cavidades retenidas, sustancias, cauces secos, lo mismo que un torrente de mercurio, y se disipa recorriendo cuerpo. Es ella misma cuerpo, carne, párpado adelgazado hasta el dolor, latido de mucha muerte insomne, forma sensible de la ausencia -ciego de noche absorta, gira el pensamiento. Y la rosa de rejalgar, allí donde fue la memoria, se levanta, cabeza de corrientes hacia el sueño total de otro lado de la noche.
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