Los limpiones de Margarito Ledesma

Le dije a don Epitacio:
Si la cara va a limpiarse,
hágalo sin apurarse,
con cuidado y muy despacio.

Saque el paño poco a poco,
o como quiera sacarlo,
pero, cuando vaya a usarlo,
no lo haga usted a lo loco.

Revíselo cuidadoso
antes de ir a proceder,
para que así pueda ver
si no hay algo sospechoso.

No vaya a hacerlo violento
y nomás al aventón
ni vaya a darse el limpión
como quien limpia un jumento.

Pues le puede suceder
lo que a Luis le sucedió,
que la sangre se sacó
y él ni lo echaba de ver.

O puede pasarle a usté
lo que a don Juan le pasó,
que todo se tasajió
y no supo ni por qué.

Y por más que le buscaba
el motivo y la razón,
se hacía pura confusión
y nadita que le hallaba.

Por eso les digo a todos:
‘Limpíense con mucho tiento,
despacio y con buenos modos,
no nomás al ai te aviento’.

NOTA. Acontece muy seguido que gentes poco cuidadosas
y de poca reflexión se suenan las narices y, sin más
ni más, sin tomar ninguna precaución, se guardan el
paño en la bolsa y no vuelven a acordarse del negocio.

Y acontece que, después de algún tiempo, se les ofrece
limpiarse la cara, ya porque estén sudando, o porque
les haya caído una gotera del techo en tiempo de aguas,
o porque se hayan sentado a descansar sin sombrero
debajo de un árbol con pajaritos o por cualquier otro
motivo semejante, y, sin acordarse de nada ni tener en
cuenta nada, sacan el paño a lo atarantado y se dan el
limpión.

Y entonces viene lo bueno, pues se dan unos rayones y
unas tasajiadas en la cara, en los cachetes y en la calva
que hasta se sacan la sangre y se ven muy adoloridos y
apenados.

Y todo porque, como es natural, las materias y las
sustancias escurridizas y los humores narizales se resecan
en el paño después de que uno se suena y se ponen tan duros
y resistentes como pedazos de vidrio, y de allí vienen los
rayones y las tasajiadas y las sacadas de sangre. Y, como
la misma fuerza y la rapidez del limpión hace que se
desprendan y se caigan las susodichas sustancias endurecidas,
pues las gentes no saben con que se rayaron y ofendieron y,
por más que buscan, no encuentran nada en el paño, y
andan adivinando y haciéndose cruces y suposiciones
de una cosa tan natural y sencilla.

Por eso les pongo esta adversativa poesía, para que no se
anden limpiando a la carrera y sin advertencia ni fijeza;
sino para que, antes de hacerlo, tienten y sopesen el paño y
vean si no hay peligro de garabatearse la cara con el filo
de las vidrificadas sustancias o de sufrir algún otro perjurio
serio, pues hasta puede darse el caso de que se saquen un
ojo o cuando menos se lo rasguñen.

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