Los parias de Salvador Díaz Mirón

Allá en el claro, cerca del monte bajo una higuera como un dosel, hubo una choza donde habitaba una familia que ya no es. El padre, muerto; la madre, muerta; los cuatro niños muertos también: él, de fatiga; ella de angustia; ¡ellos de frío, de hambre y de sed! Ha mucho tiempo que fui al bohío y me parece que ha sido ayer. ¡Desventurados! Allí sufrían ansia sin tregua, tortura cruel. Y en vano alzando los turbios ojos, te preguntaban, Señor, ¿por qué? ¡Y recurrían a tu alta gracia dispensadora de todo bien! ¡Oh Dios! Las gentes sencillas rinden culto a tu nombre y a tu poder: a ti demandan favores lo pobres, a ti los tristes piden merced; mas como el ruego resulta inútil pienso que un día —pronto tal vez— no habrá miserias que se arrodillen, ¡no habrá dolores que tengan fe! Rota la brida, tenaz la fusta, libre el espacio ¿qué hará el corcel? La inopia vive sin un halago, sin un consuelo, sin un placer. ¡Sobre los fangos y los abrojos en que revuelca su desnudez, cría querubes para el presidio y serafines para el burdel! El proletario levanta el muro, practica el túnel, mueve el taller; cultiva el campo, calienta el horno, paga el tributo, carga el broquel; y en la batalla sangrienta y grande, blandiendo el hierro por patria o rey, enseña al prócer con noble orgullo ¡cómo se cumple con el deber! Mas, ¡ay! ¿qué logra con su heroísmo? ¿Cuál es el premio, cuál su laurel? El desdichado recoge ortigas y apura el cáliz hasta la hez. Leproso, mustio, deforme, airado soporta apenas la dura ley, y cuando pasa sin ver al cielo ¡la tierra tiembla bajo sus pies!
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