Madrigal de Paz de Victoriano Crémer

Por esta paz, esposa, que te ofrezco, ya madura en la sangre, hecha corteza, qué paciente tributo de tristeza pagué día por día. ¡No merezco tanto dolor! (El hombre, entre las manos a veces tiene un corazón y quiere morir con él intacto. Pero muere lleno de soledad). Ecos lejanos traen mi voz antigua de metales; mi fría voz de hielos transparentes. ¡Que hasta tu nombre, esposa, fue en mis dientes tallo de amargas hieles minerales…! Pero todo es ya campo sin orillas, lleno de paz. El sol se transfigura en la ceniza gris de esta clausura, y abandona sus llamas amarillas. Yo soy para ti, esposa, como un viento que humildemente llega y se deshace contra tus ojos; en agua que renace entre sus piedras, sin color ni acento. No es posible dar más de lo que he dado para llenar el pozo al que me asomo. El pan que yo te traigo; el pan que como tiene sabor de trigo macerado. Trigo soy con sustancia. Pan en duelo para el desconocido. (El hombre quiere gritar «Amor» a veces, pero muere en el silencio, en tanto el alto cielo se llena de esta paz, esposa, de esta consagración definitiva). —¡Toma mi paz de sangre! ¡Goce mi paloma del esplendor caliente de su fiesta…!
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