Mi destino en el centro de esta pasión de Antonio Gamero

En las noches de mi violencia
crece, en rojo, una exuberante selva.
Aquí me cubro con las manos.
Y este horizonte ceniciento del desierto, a mi derecha, que he frecuentado en todo tiempo.
Sin embargo, cara al viento, partiré esta noche.
Cara al viento.

Y la lluvia afuera como un pensamiento torrencial, afuera sobre la extensión.
Yo partiré.

Sin embargo el azul celeste de Mayo estalla en mi espacio de olvido.
Estos arenales, a mis pies, no han conocido las estaciones y mi palidez se intensifica
de una tristeza que ni mi misma sangre sabría borrar.

Yo partiré.
Mis miradas brillan en la sombra como el rocío tropical.

Ella acudirá.

Ella acudirá, en el resplandor de sus axilas, para darme de beber
desde las primeras palabras de mi sed.
¡Oh dura selva en las raíces del viento!
Todos mis sufrimientos han fomentado en mí este silencio.
Me abriré yo entonces así, todo sangrante, a tu fecundidad sangrante,
A tu espíritu ya tu gracia, de pie en mi espera.
¡Yocasta!
¡O sexo, o virtud total
en mi locura de todo tu sexo
y en la intimidad carnal de mi locura!
Persisto a brillar en la savia nocturna de este sabor.
Mi carne recorrida por un aroma de luna se ofrece a las caricias que han sido prometidas.
¿Pero vendrás tú algún día?
Destruyo de golpe las alas de la casa; de los árboles, de los capullos.

¡Homogeneidad vaporosa de los astros apartados de mi dolor!
Escucho acercarse su venida.

Deslumbrado en mi carne,
en los latidos de mis entrañas,
me yergo, desnudo, a esperarle.
¡Yocasta!
En el gran viento de los lobos,
la gran luna tropical brilla sobre mi destino.

Amor mío, he aquí entonces mis manos en la blancura nocturna, mis manos líquidas
y transparentes de la leche filtrante de esta llamada.
En mis miradas ninguna imagen te interrumpe.
Amor mío, te espero en la totalidad pura de tu presencia.
Y la puerta se abrió de improviso.

Mi amor, desde entonces quiebras toda sujección, todo estado anterior.
Me riegas en el delirio y los perfumes,
mi temblor te busca por todas partes,
en la eternidad triunfal de tus brazos,
en la blancura sobre mí de toda tu carne sobre mí.

Aturdida, mi cabeza rueda en la suave sombra de tus manos,
en las columnas primordiales de tu sangre.
Amor mío, te llamo,
giro en el insostenible vértigo,
muero, esta noche, en la árida fraternidad de los arenales,
entre esta noche llena de astros y de jardines.
Y tú, lustral, y de tu desnudez nupcial, oh mi amor,
el deslumbrante sol jamás se apagará.

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