Oratio amatoria de Luis Antonio de Villena

Fueron dos o tres tardes de verano. Y esa noche la primera casa prestada que recuerdo. Si alguien me hubiese dicho entonces si te amaba, ¿qué habría contestado? Quería tus ojos negros, el río oscuro y casi niño de tu hermoso cuerpo… * * * Otro año después, era casi el otoño. Un calor opaco y dorado con sabor de merienda… Y otra casa prestada a la hora de la siesta. ¿Te amaba? Me incendiaban tus ojos de africana luna, y tu piel que enseñaba a mis manos delicia. Y me acuerdo también de tu postura aquella, y del fruto pequeño, escondido; y tu risa… Te besaba. Yo hubiera querido allí morir contigo. * * * Pasó tiempo de nuevo. Y la casa prestada era al menos la quinta. Yo te bañé de noche y te unté de colonia (era invierno) y tus ojos inmensos me querían. Hablábamos. Me contaste (y vi) lo de las purgaciones. ¿Era el amor aquello? Un nombre que sentaba muy bien a tu belleza. * * * Estés donde estés. Te suceda lo que te suceda, yo te deseo el bien mayor, la bondad imposible en este mundo. Te deseo el antiguo verano y su agua dulce. El oro que mereces, un bonancible viaje, y el amor que sé ya (inútilmente ahora) que entonces te tenía.
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