Para verdades el tiempo y para justicia Dios de José Zorrilla

I Juan Ruiz y Pedro Medina, dos hidalgos sin blasón, tan uno del otro son cual de una zarza una espina. Diz que Pedro salvó a Juan la vida en lance sangriento; prendas de tanto momento amigos por cierto dan. Pasan ambos por valientes y mañeros en la lid, y lo han probado en Madrid en apuros diferentes. Ambos pasan por iguales en valor y en osadía, pero en fama de hidalguía no son lo mismo cabales. Que es Juan Ruiz hombre iracundo, silencioso por demás, que no alzó noble jamás el gesto meditabundo. Ancha espalda, corto cuello, ojo izquierdo, torvas cejas, ambas mejillas bermejas, y claro y rubio el cabello. Y aunque lleva en la cintura largo hierro toledano, dale, brillando en su mano, más villana catadura. Y aunque arrojado y audaz en la ocasión, rara vez carece su intrepidez de son de temeridad. Ágil, astuto o traidor, hijo de ignorada cuna, debe acaso a su fortuna mucho más que a su valor. Presentóse ha pocos años de Indias advenedizo, dizque con nombre postizo cubriendo propios amaños. Mas vertió lujo y dinero en festines y placeres, aunque fue con las mujeres más falso que caballero. Hoy pasa, pobre y oscuro, una existencia común, y medra o mengua según los dados le dan seguro. Hombre de quien saben todos que vive de malvivir, mas nadie sabrá decir por cuáles o de qué modos. Modelos en amistad ambos para el vulgo son, mas con Pedro es la opinión menos rígida en verdad. Porque es Pedro, aunque arrogante y orgulloso en demasía, mozo de más cortesía y más bizarro talante. De ojos negros y rasgados con que a quien mira desdeña, nariz corta y aguileña, con bigotes empinados. Entre sombrero y valona colgando la cabellera, y alto el gesto en tal manera, que cuando cede perdona. Mas si sombras de matón tales maneras le dan, tiénela más de galán por su noble condición. Que no hay en Madrid mujer que un agravio recibiera, que a su espada no tuviera satisfacción que deber. Ni hay ronda ni magistrado que en revuelta popular. no le haya visto tomar ayuda y parte a su lado. Tales son Ruiz y Medina, de quienes, por concluir, fáltame sólo decir que amaban a Catalina. Es ella una moza oscura, de talle y de rostro apuesta, mas tan gentil como honesta, y como agraciada pura. Ámala Ruiz, pero calla, acaso porque su amor, para mujer de su honor, palabras de amor no halla. Él con ansia la contempla al abrigo del embozo, pero el ímpetu de mozo ante su virtud se templa, que es tan dulce su mirar, que su luz por no perder, cuando se quiso atrever sólo se atrevió a callar. Y es tan flexible su acento, que para no interrumpirle, tener es fuerza al oírle con los labios el aliento. Medina, que fue soldado sobre Flandes por Castilla, y a los usos de la villa de más tiempo acostumbrado, suplicóla tan rendido, tan cortés la enamoró, que ella amor le prometió como él fuera su marido. «¡Eso sí!, ¡por San Millán!», dijo Pedro con denuedo; y la calle de Toledo tomó en resuelto ademán. II Contento Pedro Medina con su amorosa ventaja, mas a carreras que a pasos iba cruzando la plaza. Saltábale el corazón a cada paso que daba, y frotándose ambas manos bajo la anchurosa capa. Los labios le sonreían, y los ojos le brillaban al reflejo que en el pecho despide la amante llama. Las gentes le hacían sitio porque cerca no pasara, que, según iba resuelto, que fuese audaz recelaban. Mas él va tan divertida en sus amores el alma, que ni ve donde tropieza, ni cura de los que pasan. Topó al volver una esquina una vieja, y al dejarla derribada en tierra, dijo: «Nos casaremos mañana.» Enredósele el estoque en el manto de una dama, y rasgándole una tercia, echála un voto de a vara. Así dando y recibiendo encontrones y pisadas, dio por fin con la hostería donde su amigo jugaba. Fue a la mesa, y preguntando a Juan si pierde o si gana, pidió vino y añadióle: -Cuando acabes, dos palabras. Recogió Juan sus monedas, y terciándose la capa, sentóse al lado de Pedro diciendo bajo: -¿Qué pasa? -Me caso -dijo Medina. Miróle Juan a la cara, y frunciendo entrambas cejas tosió, sin responder nada. -¿Qué piensas? -preguntó Pedro. -En ti y tu mujer pensaba -contestó Juan suspirando, con voz ronca y apagada. -¿Supondrás que es Catalina? -Y lo siento con el alma. -¡Cómo! -Porque tengo celos. -¡Por San Millán! -Yo la amaba. -¿Y ella? -Nunca se lo dije, pero ocurrióseme… -¡Acaba! -Para decirla mi amor escribirla hoy una carta. Callaron ambos: Medina remedio al caso buscaba, el codo sobre la mesa, sobre la mano la barba. Al fin, como quien resuelve negocio que aflige y cansa, pidió papel y tintero, diciendo a Juan: -¡Por mi alma, que en mi vida en tal apuro vacilar tanto pensaba; y a no serte tú quien eres, metiéralo a cuchilladas; pero escribe, y que responda a cual de nosotros mata! Escribió Juan, más rasgando al mejor tiempo la carta. -Echemos -dijo- los dados, y al que la mayor le caiga, si es a mí, la escribo al punto; si es ti, Pedro, te casas. Tiró Juan, y sacó nueve; y asiendo el vaso con rabia, tiró Pedro, y sacó doce. Con que los dos se levantan, y atravesando la turba que curiosa los cercaba, parten la calle en silencio, dándose entrambos la espalda. III Son, a mi pensar, los celos delirio, pasión o mal a cuyo influjo fatal lloraban los mismos cielos. A manos de tal pasión, el más cuerdo desespera, pues quien con celos espera, atropella su razón. Si con celos esperar es importuna porfía, ceder celoso en un día cuanto se amó, no es amar. De celos verse morir, y en silencio padecer, son celos tan de temer cuanto duros de sufrir. Y así, con celos amar vale casi aborrecer, pero con celos ceder, es igual que delirar. Si otro más favorecido goza el bien que se perdió, se habrá el disfavor sentido, mas perdido el amor, no. Porque en quien goza favor sobra tal vez confianza, y celos sin esperanza suelen guardar más amor. Si favor nunca tuvimos, aún es suerte más cruel, porque vemos ahora en él cuanto bien haber pudimos. Y así pienso que son celos delirio, pasión o mal, a cuyo influjo fatal lloraban los mismos cielos. Por eso llora Juan Ruiz, celoso y desesperado, el bien que Pedro ha ganado más galán o más feliz. Por eso en la soledad se mesa barba y cabellos, sin mirar que no está en ellos su amante fatalidad. ¡Oh, que no fueron antojos sus amorosos desvelos! Que el amor que hoy le da celos entróle ayer por los ojos. «¿Y por qué no me atreví -clama el triste en su aflicción y hoy acaso esta pasión pudiera arrancar de mí? Mas volveré, ¡vive Dios! ¿Pero que he de conseguir si la he dejado elegir marido de entre los dos?» Y a su despecho tornando, semejábase, en su afán, una fiera a quien están dentro la jaula acosando. Sin darse el triste solaz, cruzaba el cuarto sin tino, pero no hallaba camino de dar al ánimo paz. Silbaba al dejar rabioso paso al comprimido aliento, y hollaba con pie violento el pavimento ruinoso. Iba adelante y atrás sin reflexión que le acuda, a la par pidiendo ayuda a Cristo y a Satanás. Túvose un momento al fin, y en el temblor que le aqueja se ve bien que se aconseja con un pensamiento ruin. Volvió a girar otra vez, y otra a tenerse volvió; en esto dobló un reló en una torre las diez. Entonces, quedando fijo, exclamó en la oscuridad: «Hoy se casan, es verdad; hace un mes que me lo dijo.» Ciñó con esto el acero con desdén a la cintura; y salióse a la ventura, la vuelta del Matadero. IV Es una noche sin luna, y un torcido callejón donde hay en un esquinazo agonizando un farol, un balcón abierto a medias, por los vidrios de color arroja al aire en tumulto de danza el confuso son. Se oye el compás fugitivo que llevan con pie veloz los que danzan descuidados dentro de la habitación. Y se ven cruzar sus sombras una a una y dos a dos en fantástica carrera y en monótona ilusión. La casa es la de Medina, que en ella a fiesta juntó sus amigos y parientes después de traspuesto el sol. Allí con franca algazara festeja a la que adoró, de quien aguarda esta noche prendas de cumplido amor. Está la niña galana cual nunca el barrio la vio, suelto en rizos el cabello, que exhala fragante olor; la falda de raso blanco y acuchillado el jubón, con vueltas de terciopelo azul, de cielo el color; con una hebilla de plata ajustado el cinturón, de donde baja en mil pliegues un encaje en derredor; y de un lazo de corales, que Pedro la regaló, lleva en una cruz de oro la imagen del Redentor. Tanta ventura en un día nunca Pedro imaginó, y así, anda desatentado girando en la confusión. A cada vuelta se mira en los ojos de su amor, y en la luz de aquellos soles se le quema el corazón. Y, en fin, para concluir, se cantó, cenó y bailó, como es costumbre en las bodas desde entonces hasta hoy; hasta que, cansados unos del baile, otros del calor, las viejas del tardo sueño, los músicos de su son, los muchachos de la bulla, y los novios del honor que les hacen sus amigos en tan precisa ocasión, despidiéronse uno a uno echando sobre los dos más bendiciones que plagas causó a Egipto Faraón. Quedáronse entrambos solos la amada y el amador, por vez primera en la vida a merced de su pasión. Mirábala embelesado el amoroso español, trémulo el rostro de gozo y de dicha el corazón; mirábale ella anhelante encendida de rubor, húmedos los negros ojos con tiernísima afición. Él diciéndola: «¡Alma mía!», diciéndole ella: «¡Mi sol!», entre el son de ardientes besos de regalado sabor. En esto en la estrecha calle temible ruido sonó de voces y cuchilladas en medrosa confusión, y al angustiado lamento de uno que grita: «¡Favor! ¡Ayudadme, que me matan!» Pedro a la calle bajó con el estoque en la diestra y en la siniestra el farol. Asomóse Catalina amedrentada al balcón, llamando a Pedro afanosa, de algún daño por temor. Alzó Medina la cara, y la luz con ella alzó, pero apenas el reflejo dio en el rostro de su amor, una estocada traidora por el costado le entró. Lanzó un grito el desdichado que partía el corazón; lanzó la hermosa un gemido de intensísimo dolor, y el moribundo Medina volviendo el gesto a un rincón, hacia una imagen de Cristo, de quien devoto vivió, dijo expirando: «Soy muerto, ¡acorredme, Santo Dios!» Y quedó tendido en tierra, sin movimiento y sin voz. Alzóse a su lado un hombre, y exclamando con pavor: «¡Maldita sea mi alma!», mató la luz y escapó. V Tuvieron así los años, uno, dos, tres, hasta siete, embozada en el misterio aquella impensada muerte. En vano acudieron pronto vecinos a socorrerle, para vengarle los hombres, para mentir las mujeres. En vano salieron unos casi desnudos a verle, y otros salieron jurando, armados hasta los dientes. Nada sirvieron entonces, ni jubones ni broqueles; Medina quedó sin vida, y sin justicia el aleve. En vano son las pesquisas de los irritados jueces, en vano son los testigos, las citas y los papeles. En vano el caso averiguan una, dos, tres, quince veces; cada vez más se confunden los golillas y corchetes. En vano sobre la rastra anduvieron diligentes olfateando la presa los alanos de las leyes; porque todos son testigos, todos declaran contestes, todos son los agraviados, mas ninguno delincuente. Hubo alborotos por ello, y pendencias más de veinte; mas Pedro, quedó sin vida, y sin justicia el aleve. Catalina le lloraba, desconsolada y doliente, minutos, horas y días, noches, semanas y meses. Un año estuvo en el lecho con accesos de demente, y un año a su cabecera veló Juan Ruiz sin moverse. Dio con la puerta en los ojos a padrinos y parientes, diciendo: «Mientras yo viva, no faltará quien la vele.» Y en vano le murmuraron de tal conducta las gentes; Juan se mantuvo constante a la cabecera siempre, sin que a sondear su alma alcanzara algún viviente a través de la reserva y el misterio que mantiene. Curóse al fin Catalina, y el tiempo, que tanto puede, siendo remedio y sepulcro de los males y los bienes, volvió la luz a sus ojos, y el pudor volvió a su frente, y el talismán de la risa a sus labios transparente; y salió ufana, diciendo a cuantos por verla vienen que la vida con que vive sólo a Juan Ruiz se la debe. Éste, a pretexto de amigo del triste que en polvo duerme, no se aparta de su lado hasta que la noche viene. Entonces a lentos pasos la esquina inmediata tuerce, y en las revueltas del barrio como un fantasma se pierde. Mas no faltó en él alguno que a media voz se atreviese a decir que cuando pasa por ante el Cristo se tiene, y el embozo hasta los ojos, el sombrero hasta las sienes, cruza azaroso la calle, como si alguien le siguiese. En estas conversaciones, cada vez menos frecuentes, pasaron al fin los años, uno, dos, tres, hasta siete. VI Pagada la Catalina de amistad tan firme y tierna, de tanto afán y desvelos, de tan rendida fineza, escuchó a Juan una tarde, los ojos fijos en tierra, dulces palabras de amores de la balbuciente lengua. Instó un día y otro día, quedó siempre sin respuesta; volvió a sus ruegos Juan Ruiz volvió a su silencio ella. Pasése un mes y otro mes, y tornó Ruiz a su tema, y tornó a callar la niña entre enojada y risueña. Mas tanto lidió el galán, tanto resistió la bella, que al cabo la linda viuda dijo a Juan de esta manera: -Puesto que es muerto Medina (¡Dios en su gloria le tenga!) y por siete años cumplidos mi fe le he guardado entera, y él ha visto nuestro amor allá en la vida eterna, os daré, Juan Ruiz, mi mano, y mi corazón con ella. Amigo de Pedro fuisteis, y yo os debo la existencia; conque es justo, a mi entender, os cobréis entrambas deudas. Púsose Juan Ruiz de hinojos a los pies de la doncella, y asiéndola las dos manos humildemente la besa. Acordáronse las bodas, mas Catalina aconseja que sean cuando él quisiese, pero que sin ruido sean. Las malas mañas o antojos, o tarde o nunca se dejan, y Juan en su mocedad gustó de bulla y de fiesta. Así, aunque pocos convida para que a las bodas vengan, buscó unos cuantos amigos que le alegraran la mesa. Trajo vinos los mejores, y viandas las más frescas, y apuntó por hora fija de noche las diez y media. Gustaba Juan sobre todo de cabezas de ternera, y asábalas con tal maña, que a cualquier gusto pluguieran. Gozaba en esto gran nombre entre la gente plebeya, de tal modo, que le daban el apodo de Cabezas. Ocurrióle a media tarde darse a luz con tal destreza, y embozándose en la capa, salió en busca de una de ellas. Mataban aquella tarde en el Rastro una becerra; compró el testuz y cubrióle, asido por una oreja. Volvió a doblar el embozo, y contento con la presa, de la calle en que vivía tomó rápida la vuelta. Iba Juan Ruiz con la sangre dejando en pos roja huella, que marcaba su camino sobre las redondas piedras. En esto, entrando en su barrio, al doblar una calleja, dos ministros de justicia le pasaron muy de cerca. Él siguió, y pasaron ellos advirtiendo con sorpresa la sangre con que aquel hombre el sitio que anda gotea. Él siguió, y tornaron ellos por sobre el rastro que deja, hasta entrar en otra calle oscura, sucia y estrecha. En un rincón, embutida, a la luz de una linterna, de Cristo crucificado se ve la imagen severa. Paróse Juan; los corchetes, que en el mismo punto llegan, viendo que duda y vacila en la faz de preso le cercan. -¡Fuera el embozo! -gritaron-; muestre a la luz lo que lleva. Volvió los ojos al Cristo Juan, y helósele en las venas, a una memoria terrible, cuanta sangre hervía en ellas. -¡Fuera el embozo! -repiten, y él, acongojado, tiembla, sintiendo un cambio espantoso que pasa en su mano mesma. Quiso hablar, y atropellado, un «¡Dejadme!» balbucea. Deshiciéronle el embozo, y mostrando Ruiz la diestra, sacó asida del cabello de Medina la cabeza. -¡Acorredme, Santo Dios! -grita aterrado, y la suelta; mas la cabeza, oscilando, entre los dedos le queda. -¡Yo le maté! -clamó entonces-, hoy ha siete años, por ella. Y sin voz ni movimiento cayó desplomado en tierra. Conclusión Y así fue que aquella noche de sangrienta confusión, en que al ruido de una riña Pedro a la calle bajó con el estoque en la diestra y en la siniestra el farol, no era en ella otro que Ruiz quien llevaba lo mejor. Como un imán a una aguja arrastra constante en pos, como una serpiente a un pájaro, a una paloma un halcón entorpecen y fascinan, sin que ala ni pie veloz para huirles les acudan, a impulsos de su pasión anduvo así Juan vagando de la fiesta en derredor. Y oía por las ventanas de danza el confuso son. Y vía cruzar las sombras, una a una y dos a dos, en fantástica carrera y en monótona ilusión. Así lloraba acosado de sus celos y su amor, cuando oyó de una pendencia vivo y cercano rumor; cerróse en ella a estocadas tan sin acuerdo y razón, que a cuantos hubo a las manos adelante se llevó. En esto acudió Medina, y Catalina al balcón, de la suerte recelando, acelerada salió. Mas al ver cuál afanosa curaba ella de otro amor, cegaron a Ruiz los celos, el despecho le embriagó, y al tiempo que alzaba Pedro el brazo con el farol, matóle a la faz de Cristo, como villano, a traición. De entonces, en los siete años, después del hecho traidor, ni una sola vez, de miedo, por ante el Cristo pasó. Llegó la primera al cabo, y en ella al Cielo ocasión de mostrar que hay infalibles tribunales sólo dos de irrevocable sentencia, sin cotos ni apelación: Para verdades el TIEMPO, y para justicia DIOS.
Añadir un comentario
Leer la poesía Para verdades el tiempo y para justicia Dios del poeta José Zorrilla en el sitio Blogpoemas - los mejores poemas hermosos sobre el amor, la naturaleza, la vida, la Patria, para niños y adultos en español de los célebres poetas clásicos.