Patria amaneciendo de Jaime Augusto Shelley

De la semana escoge algo venido de lunes con vaciedad atropellada. Di que esa mañana saliste a la calle buscando decir, dejar de lado, estallar con todos, cargado de eso que fue y nunca acaba. Martes lumínico, crecido dentro, vida de otros, ahora tuya. Al salir, imagina que no es martes, ni México, sino despertar frente a escaparates, descalzo, con las uñas rotas, porque sí. Miércoles que te toma un instante largo, húmedo en la boca, con luna que quiere ser clara cuando lo demás es oscuro. Jueves ya de amanecida que empieza a vivir su día de muertos con un cuchillo. Qué viernes nada, qué viernes solo, justo en el momento en que algo inicia: multitud amanece indescriptible; no de sí, no de nadie, repetición frenética que alcanza paroxismo. Silencio de luz incandesciendo, vulva ensangrentada que el corro no deja distinguir porque hay baile hoy sábado, de quién no. Hablan a gritos necesidades con sofoco, volantería de visceras saltan la madeja crepuscular. Múltiple domingo de semana acariciada con ese sólo fin, con ese sólo fin. Quieren del yo solamente y nada más, sensación. Quieren abandono. Decir sí al no. Volver de lejos. Quieren espejo. Distancia de espejo: que hablen los muertos. Que se masturbe magistralmente el pasado, que el lunes advenga como si no, igual al viernes. Justo instante que comienza con un chillido, que parte de tu desprender el yo; amanece y anochece. Ruidoso silencio milenario. Así es México. Y nadie podrá decir nunca cuándo ni cómo; no podrá decir: mío. Como un enjambre adhiere, haz de viento y carcajada, soplo que ondula el lago, brillo imaginado, centella cegadora; todo para imaginar: Aztlán. Nada existe sobre sus aguas. Porque sus aguas no existen. Quien cierre el puño aprehenderá sólo cenizas. Un sonido distante que embarcado llama. Quien crea volveráse incrédulo y quien material haráse humo, invocación de dioses. Nada de lo que es, será. Otros reinarán y serán decapitados. Pero no vencerán. No vencerán, porque nada es posible, aquí. Cuanto es borroso es claro. Cuanto es umbrío resplandece. Quinientos años aprendiendo a morir. Hay que empezar a vivir, matando. Despierta esa mañana, sin cólera, pensando que hoy no es día de muertos sino de vivos múltiples, eminentemente dispuestos a la vida. Voz del día, sin semana o mes. Tiempo hecho para vencer el sueño, su peso mortal de viejo calendario. Octubre ya no es octubre. Noviembre ya no es el mes de los muertos. Pronto, diciembre sólo será un cambio de estación. Porque habrá llegado la primavera.
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