Poema del otoño de Rubén Darío

Tú, que estás la barba en la mano meditabundo, ¿has dejado pasar, hermano, la flor del mundo? Te lamentas de los ayeres con quejas vanas: ¡aún hay promesas de placeres en los mañanas! Aún puedes casar la olorosa rosa y el lis, y hay mirtos para tu orgullosa cabeza gris. El alma ahíta cruel inmola lo que la alegra, como Zingua, reina de Angola, lúbrica negra. Tú has gozado de la hora amable, y oyes después la imprecación del formidable Eclesiastés. El domingo de amor te hechiza; mas mira cómo llega el miércoles de ceniza; Memento, homo… Por eso hacia el florido monte las almas van, y se explican Anacreonte y Omar Kayam. Huyendo del mal, de improviso se entra en el mal, por la puerta del paraíso artificial. Y no obstante la vida es bella, por poseer la perla, la rosa, la estrella y la mujer. Lucifer brilla. Canta el ronco mar. Y se pierde Silvano, oculto tras el tronco del haya verde. Y sentimos la vida pura, clara, real, cuando la envuelve la dulzura primaveral. ¿Para qué las envidias viles y las injurias, cuando retuercen sus reptiles pálidas furias? ¿Para qué los odios funestos de los ingratos? ¿Para qué los lívidos gestos de los Pilatos? ¡Si lo terreno acaba, en suma, cielo e infierno, y nuestras vidas son la espuma de un mar eterno! Lavemos bien de nuestra veste la amarga prosa; soñemos en una celeste mística rosa. Cojamos la flor del instante; ¡la melodía de la mágica alondra cante la miel del día! Amor a su fiesta convida y nos corona. Todos tenemos en la vida nuestra Verona. Aun en la hora crepuscular canta una voz: «Ruth, risueña, viene a espigar para Booz!» Mas coged la flor del instante, cuando en Oriente nace el alba para el fragante adolescente. ¡Oh! Niño que con Eros juegas, niños lozanos, danzad como las ninfas griegas y los silvanos. El viejo tiempo todo roe y va de prisa; sabed vencerle, Cintia, Cloe y Cidalisa. Trocad por rosas azahares, que suena el son de aquel Cantar de los Cantares de Salomón. Príapo vela en los jardines que Cipris huella; Hécate hace aullar a los mastines; mas Diana es bella; y apenas envuelta en los velos de la ilusión, baja a los bosques de los cielos por Endimión. ¡Adolescencia! Amor te dora con su virtud; goza del beso de la aurora, ¡oh juventud! ¡Desventurado el que ha cogido tarde la flor! Y ¡ay de aquel que nunca ha sabido lo que es amor! Yo he visto en tierra tropical la sangre arder, como en un cáliz de cristal, en la mujer Y en todas partes la que ama y se consume como una flor hecha de llama y de perfume. Abrasaos en esa llama y respirad ese perfume que embalsama la Humanidad. Gozad de la carne, ese bien que hoy nos hechiza, y después se tornará en polvo y ceniza. Gozad del sol, de la pagana luz de sus fuegos; gozad del sol, porque mañana estaréis ciegos. Gozad de la dulce armonía que a Apolo invoca; gozad del canto, porque un día no tendréis boca. Gozad de la tierra que un bien cierto encierra; gozad, porque no estáis aún bajo la tierra. Apartad el temor que os hiela y que os restringe; la paloma de Venus vuela sobre la Esfinge. Aún vencen muerte, tiempo y hado las amorosas; en las tumbas se han encontrado mirtos y rosas. Aún Anadiódema en sus lidias nos da su ayuda; aún resurge en la obra de Fidias Friné desnuda. Vive el bíblico Adán robusto, de sangre humana, y aún siente nuestra lengua el gusto de la manzana. Y hace de este globo viviente fuerza y acción la universal y omnipotente fecundación. El corazón del cielo late por la victoria de este vivir, que es un combate y es una gloria. Pues aunque hay pena y nos agravia el sino adverso, en nosotros corre la savia del universo. Nuestro cráneo guarda el vibrar de tierra y sol, como el ruido de la mar el caracol. La sal del mar en nuestras venas va a borbotones; tenemos sangre de sirenas y de tritones. A nosotros encinas, lauros, frondas espesas; tenemos carne de centauros y satiresas. En nosotros la vida vierte fuerza y calor. ¡Vamos al reino de la Muerte por el camino del Amor!
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