Poema XIX de La montaña hendida de Eduardo Moga

Los cuerpos, esferas, se reúnen.
Se unifica la saliva
y circula
desde la migraña hasta el glande,
desde el sudor de la habitación
hasta la flores más negras.
Somos la saliva que gira en los miembros numéricos,
la saliva acoplada al vértigo.
Tu piel se adentra, se duplica,
cristaliza como el árbol,
ríe geológicamente,
y yo la persigo con mi piel, con la culata de la piel,
con la masticación que corona el latido.
Oigo el cuerpo,
su tránsito de bulbos, su río haciéndote,
haciéndome,
erguido bajo tus piedras
y tu consciencia.
No veo nada, salvo el círculo,
que es sol nocturno,
sed de luto
que me procura íntimos intestinos
y penumbras blandas
y besos transtornados.
Bebo, pues, bebemos,
coordinamos las glándulas,
nos bañamos en carne,
las baldosas son carne,
las pestañas son carne,
el edredón es carne,
y los líquidos en el límite de la fuga,
y el estertor de las nalgas,
y el signo igual que componemos
en esta penumbra que conserva
los enseres de nuestra soledad.
Qué rumor de vientres simultáneos.
Qué prisa de bocas
extrayendo, culpables,
lo último de nuestro cuerpos.

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