Recreaciones arqueológicas de Rubén Darío

Escrita en viejo dialecto eolio hallé esta página dentro un infolío y entre los libros de un monasterio del venerable San Agustín. Un fraile acaso puso el escolio que allí se encuentra; dómine serio de flacas manos y buen latín. Hay sus lagunas. … Cuando los toros de las campañas bajo los oros que vierte el hijo de Hiperión, pasan mugiendo, y en las eternas rocas salvajes de las cavernas esperezándose ruge el león; cuando en las vírgenes y verdes parras sus secas notas dan las cigarras, y en los panales de Himeto deja su rubia carga la leve abeja que en bocas rojas chupa la miel, junto a los mirtos, bajo los lauros, en grupo lírico van los centauros con la armonía de su tropel. Uno las patas rítmicas mueve, otro alza el cuello con gallardía como en hermoso bajorrelieve que a golpes mágicos Scopas haría; otro alza al aire las manos blancas mientras le dora las finas ancas con baño cálido la luz del sol; y otro, saltando piedras y troncos, va dando alegres sus gritos roncos como el ruido de un caracol. Silencio. Señas hace ligero el que en la tropa va delantero; porque a un recodo de la campaña llegan en donde Diana se baña. Se oye el ruido de claras linfas y la algazara que hacen las ninfas. Risa de plata que el aire riega hasta sus ávidos oídos llega; golpes en la onda, palabras locas, gritos joviales de frescas bocas, y los ladridos de la traílla que Diana tiene junto a la orilla del fresco río, donde está ella blanca y desnuda como una estrella. Tanta blancura, que al cisne injuria, abre los ojos de la lujuria: sobre las márgenes y rocas áridas vuela el enjambre de las cantáridas con su bruñido verde metálico, siempre propicias al culto fálico. Amplias caderas, pie fino y breve; las dos colinas de rosa y nieve… ¡Cuadro soberbio de tentación! ¡Ay del cuitado que a ver se atreve lo que fue espanto para Acteón! Cabellos rubios, mejillas tiernas, marmóreos cuellos, rosadas piernas, gracias ocultas del lindo coro, en el herido cristal sonoro; seno en que hiciérase sagrada copa; tal ve en silencio la ardiente tropa. ¿Quién adelanta su firme busto? ¿Quirón experto? ¿Folo robusto? Es el más joven y es el más bello; su piel es blanca, crespo el cabello, los cascos finos, y en la mirada brilla del sátiro la llamarada. En un instante, veloz y listo, a una tan bella como Kalisto, ninfa que al alta diosa acompaña, saca de la onda donde se baña: la grupa vuelve, raudo galopa; tal iba el toro raptor de Europa con el orgullo de su conquista. ¿A do va Diana? Viva la vista, la planta alada, la cabellera mojada y suelta; terrible, fiera, corre del monte por la extensión; ladran sus perros enfurecidos; entre sus dedos humedecidos; lleva una flecha para el ladrón. Ya a los centauros a ver alcanza la cazadora; ya el dardo lanza, y un grito se oye de hondo dolor: la casta diva de la venganza mató al raptor… La tropa rápida se esparce huyendo, forman los cascos sonoro estruendo. Llegan las ninfas. Lloran. ¿Qué ven? En la carrera la cazadora con su saeta castigadora a la robada mató también.
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