Si estuviese aquí, en este cuarto blanco, en este hotel de Derek Walcott

Si estuviese aquí, en este cuarto blanco, en este hotel, cuyas bisagras permanecen calientes, incluso bajo el viento marino, te repanchigarías, dejado inconsciente por la hora de siesta; no podría levantarte la campana de la resurrección ni el gong del mar con su retintín plateado, seguirías echado. Si te tocaran sólo cambiarías esa posición por la de un corredor en el maratón del sonámbulo. Y te dejaría dormir. Las cosas se desploman gradualmente cuando el despertador, con su batuta de director, empieza a la una: las reses doblan las rodillas en los pastos tranquilos, sólo el rabo de la yegua se menea, dándole con el plumero alas moscas, melones borrachos caen rodando a las cunetas, y los mosquitos siguen volando en espiral a su paraíso. Ahora el primer jardinero, bajo el árbol de la sabiduría, olvida que es Adán. En el aire acostillado cada parche de sombra se dilata como un oasis por la fatigada mariposa, una laguna verde para fondear. Playa blanca abajo, calmada como una frente que ha sentido el viento, un estatismo sacramental te traería el sueño, que es la corona del verano, el sueño que divide sin rencor a sus amantes, el sudor sin pecado, el horno sin fuego, el sosiego sin el auto, el agonizante sin miedo, mientras la tarde retira esas barras de la ventana que rayaron tu sueño como el de un gatito, o el de un prisionero. Versión de Vicente Araguas Huerga y Fierro Editores
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