Sueños rotos de William Butler Yeats

Hay gris en tus cabellos; los jóvenes ya no se quedan sin aliento a tu paso; acaso te bendiga algún vejete porque fue tu plegaria la que lo salvó en el lecho de muerte. Por tu bien -que ha sabido de todo dolor del corazón, y que ha impartido todo el dolor del corazón, desde la magra niñez acumulando onerosa belleza- por tu solo bien el cielo desvió el golpe de su sino, tan grande su porción en la paz que estableces con sólo penetrar dentro de un cuarto. Tu belleza no puede sino dejar entre nosotros vagos recuerdos, recuerdos nada más. Cuando los viejos se cansen de hablar, un joven le dirá a un viejo: «Háblame de esa dama que terco en su pasión nos cantaba el poeta cuando ya su sangre debiera estar helada por los años». Vagos recuerdos, recuerdos nada más. Pero en la tumba todos, todos se verán renovados. La certidumbre de que veré a esa dama reclinada o erecta o caminando en el primor inicial de su feminidad y con el fervor de mis ojos juveniles, me ha puesto a balbucear como un tonto. Era más bella que cualquiera no obstante tu cuerpo tenía una tacha; tus manos pequeñas no eran bellas, y temo que has de correr y las hundirás hasta la muñeca en ese lago misterioso, siempre rebosante donde todos los que cumplieron la ley sacra se hunden y resurgen perfectos. Deja intactas las manos que besé, por bien del viejo bien. Muere el último toque de media noche. Todo el día, en la misma silla de sueño a sueño y rima a rima he errado, en charla incoherente con una imagen de aire: vagos recuerdos, recuerdos nada más. Versión de Hernando Valencia Goelkel
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