Torre en medio de Carlos Barral

Nunca noche ninguna
ni trámite se fueron tan despacio.
Volvía a los lugares
recientes, repetía
las aguas, tarde siempre
para enfilar los pasos escogidos,
y volvía a partir;
la noche inmensa
comenzaba conmigo a mis espaldas.

Pero fue en un instante
real, aquella orilla
blanca, diurna ciudad,
aquella
populosa cultura
vid,
que viene
por cima de los montes al encuentro.

¿Vienen al hombre los demás?
¿Oyen la voz de auxilio y edifican
tierra sobre la tierra plazas firmes
fortificadas hacia el mar? ¿Conocen
la causa y nos darán
socorro?

Casi sin preguntar toqué su suelo.
Recuerdo el peso extraño,
la balanza de cuerpo poco a poco
presente y cómo iba
cerrándose, y el mundo
veloz, en cambio, y leve de la piedra
desorbitada en derredor. ¿Qué pausa
escogería, qué intersticio
entre dos colisiones, entre choques,
qué pasó entre dos ráfagas ?
No supe
reunirme tan pronto y acudieron
sólo los miembros de la voz.
¿Quién quería guiarme?

Entonces desde dentro
fui suspendido sin saber. De un golpe
cesó la piedra rápida en mis sienes.
Vías alegres comenzaron, soplos
edificados, persistentes
ánimas cielo arriba, bulevares
de espejos, frondosos.
Andaría
por los vidrios oblicuos entregando
de parte en parte mi memoria,
iría al centro de la red, al sitio
desde el que se es vertido,
si alguien cerrase tras de mí las puertas
y borrase mi rostro a lo que viene
siguiéndome. Si el agua
lustral brotara y fuese sin recuerdo.
Si en un lugar de súbito se abriera…
«CAFÉ DE TRES NACIONES»
-¿Por acaso
tienen ustedes Cuernos de cristal?

-Al oeste del águila el recinto
según fue al tiempo de fundar.
Vi las horas internas.
Paralelas armadas,
en guardia, las aristas
me condujeron y una voz perpetua,
y adiviné al centro del poder.
Fue un .texto de gargantas, de ojos. Grave
al unísono. Llegaban
en el preciso instante, transgredían
sus cuerpos permutando
la parte de cabello dividido,
cambiando de caminos.
Yo quería
ir por ellos.
Y anduve
sobre el andén simétrico y a solas.

Mas luego porque fuera
la carroza esmaltada más despacio,
ven -dije-. ¿ Qué importaba
que acudiera sin verme ?
Rocé el borde, y apenas
tomados de las uñas,
envueltos en lo múltiple por todo,
entramos cuerpo a cuerpo,
adentro de los muros
abyectos del amor. ¡Oh ira,
las medias solas,
las líneas verticales,
que reparten la risa entre los dientes!
-Ven. Ven. Escucha
la aplicada costumbre
del agua-
Los brotes cómo estallan,
y tallos en seguida,
inician inminentes ademanes,
se adentran, pujan, rompen
las láminas de espera y nos inundan.
Porque ignoramos
nuestra mitad vacía, nuestra sombra
interior, y aún es posible
el mundo enteramente en los adentros.
La silla en su madera, ¿piensa?
¿Despliega sus astillas
en orden a la aguja?
¿Hacia el tronco glorioso,
devastador, al cielo
clama en lo sordo su garganta opaca?
Oh sí. En lo alto
como un vexilo entre las ramas bate,
como un vexilo al final de las armas,
al viento, la envoltura
sutil. Delgada resistencia.
Oh sí. Oh sí. Conozco
los flancos de metal, el amarillo
ahora
ya,
cuando empieza a fundirse.

Rompió el aire en los pechos.
Cruzó una sombra blanca sin memoria.
No sé sino torrentes,
vías abiertas al espacio, y que era
un punto allí entre cuerpos más sensible.
La ciudad se vencía.
Con nosotros venían, no conmigo,
detrás de mí los rótulos :
FÁCIL. A TODAS PARTES.
EN TODO TIEMPO. AHORA.

La ciudad
-más fuerte
rompió un aire sin límites-
saltaba en fragmentarias
luces.
Y fue en la loma externa,
donde florecen los geranios
cultos en los bidones de albayalde,
el tránsito a la ola
carbonosa y crujiente,
el paso al otro sueño.
¿Donde había
visto la torre en espiral en medio
del oscuro relámpago,
la palmera de Delos
oculta, los altares
ocultos desde el agua?
Porque no conocía
tierras al otro lado, ni otro paso,
ni obstáculo a los ojos en la suerte
inacabable.
Nunca
había visto las islas
y eran casi recuerdo cuando estaban más cerca;
proa enemiga, riesgo.

Pasaba
largo tiempo sin saberlas.

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