Un cuento en azul de Luis Antonio de Villena

Seguramente estaba sola. Llevaba los ojos muy cercados de negro. Era mayor, vieja, con ropas gastadas. Por la noche -más aún en invierno- se acercaba a los jardines del convento o del parque con su bolsa de plástico llena de despojos para gatos. Junto a las verjas, entre las plantas, por las aceras nocturnas, la vieja dama de los ojos negros, más sola que el más solo de la tierra, buscaba a los gatos. Bonito ven. Ven, mi rey. Para ti también, mimosa. Toma, linda. Ay, qué bueno, tesoro… y los gatos callejeros, los gatos atigrados del jardín, la iban rodeando zalameros, altivos, dulces, formando una Piedad extraña de una madre y sus hijos, en el fin de los tiempos. Mira a la gatera (oí decir otra noche a unos que pasaban) vaya vieja loca… Pero la vieja dama de los ojos negros, con su bolsita de plástico y despojos, ya no oía. Nunca oía. Porque el mundo -desde hacía mucho tiempo- no era afortunadamente real para ella. Por ello nos sorprendió saber que una noche de aquellas, un hermoso muchacho con uniforme azul se acercase a la dama y le dijese: Soy el Rey de los Gatos, madame. Y se cruzaron sus miradas. Y el muchacho de los ojos gatunos la besó en la boca. Los gatos se restregaban en sus piernas. Y tomó de la mano a la dama. Y se fueron hacia un mundo perfecto, un maravilloso mundo de luz que un benévolo dios creó para las viejas locas, donde los gatos son chicos y los chicos son gatos que tienen siete almas, y no envejecen nunca, como quiso aquel Rey del Día Primero del Antiguo Mundo Bien Hecho.
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