Alegato inútil de Yolanda Bedregal

Cada día tenemos más salobre la saliva. La migaja se crispa ante la entornada puerta del perdón. Cada día se saltan a las uñas los dos niños morenos de los ojos que fueron ángeles despiertos a celestes honduras. ¿Con qué habrá de rematar el alegato que está y en el tope del sollozo? Cada hora se ha hecho voraz como engranaje de colmillos; los pasos se han desacostumbrado a la caricia de la grama húmeda; el aire avanza granizado de saetas. Conduélete, Señor, a ti clamamos. ¡Así tu mundo tambalea! No somos Job, oh Padre; ¡no te tornes padrastro! ¿Acaso estás enfermo, o te pudres con este vaho que te sube desde nos? No te tornes padrastro, buen Dios. Sonríe una vez sobre tu Hechura. Regresa a tu niñez de Primer Día cuando soplabas burbujas de color y te brotaba de las sienes boscaje y pleamar. Eras entonces sin arrugas, y era tu barba de cristal lira entre los dedos de la luz. Sonríe, Padre, sobre el Libro mancillado, y todos en Tu nombre escribiremos PAZ. La simple trinidad de una palabra: bandera universal para soñar; hostia de comunión para construir; extramaunción para vivir. Perdona, Dios, esta mi turbia arena.
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