Arcángel de ceniza de Diego Jesús Jiménez

Homenaje a Federico García Lorca I.Los lagartos dibujan en el tiempo su muerte mineral. Hay mastines que sueñan con rocío en los ojos y que entornan las noches ante el infortunio. No sé por qué tras las últimas casas de los barrios extremos imagina uno el mar. La luz es un estanque que habita la memoria, un estanque con algas y secas humedades donde los días yacen en sus salas de espera. Los cementerios de automóviles atraviesan urgentes madrugadas de hospitales y de óxidos. Deja la claridad, entre las flores, un mundo submarino abierto. Sueñan los dormitorios enfermedades plateadas, y hay un temblor difuso en las paredes y muñecas sin ojos arrastrando su universo olvidado. Hay vacíos océanos y animales pacientes que ahogan el insomnio. La tortuga invernal, entre la lluvia, avanza más aprisa que los trenes que atraviesan los cielos. Nadie recuerda nada aquí. Todo está aislado en su inseguridad; la luz es un naufragio de hogueras apagadas. De humo estrellado son las sombras, y hay navajas que brillan de incertidumbre como un escalofrío. Hay testigos de espuma en los alrededores y recodos de horas que no terminan nunca. Hierve la Historia en una sola página. La ciudad, a lo lejos, tiene un maduro resplandor de palacio de invierno. II. Oigo desde aquí los aljibes, los desagües desde donde las ratas y los pobres comparten sus negocios de cartón y de humo; ya los ejecutivos, con la seguridad de los prestidigitadores, ascender por el aire; ya los asentadores, ya los intermediarios de todo cuanto un día en los campos fue bello; o a los que distribuyen su mercancía invisible y, poco a poco, adquieren esa pátina helada de los santos, en los ojos el frío de los peces que han muerto. Ved que el robo es defensa y la piedad mentira; que en estas calles donde es dolor la Historia y la vida pecado, por las que se presume tanto de libertad como de pobreza, ya no se lucha a muerte. Baja del Guadarrama un viento de rendición. Entre los árboles deja la espuma de la noche sus párpados abiertos. III. La ciudad brilla como una ola de ceniza sobre la lejanía. Es agosto y, desde aquí, ves tenderse el fatigado cuerpo del silencio en las lomas, la quemadura vegetal de los parques que, a lo lejos, encienden con sus llamas lentas flores de sombra. En las afueras hay un olor portuario de mercancía muerta; es un muelle la tarde donde yace la lluvia en apagados trenes; y hay hélices y anclas de barcos que no existen, y ruidos que se esconden en las profundidades de las sombras como animales ciegos. Lo mismo que en los puertos ves frutos que se pudren como auroras calladas y restos de periódicos que vuelan, sin razón, por los aires. No es el silencio aquí como el de las murallas o como el de las frondas de los ríos abiertos. Una edad medieval discurre en los contornos, sueña en los alrededores de las cosas. Hay una luz de atardecer entre las fábricas que dura todo el día. Huele a fatiga ya cartón, a riesgo, a vida peligrosa en estos barrios donde no tiene el cielo crédito ni la infancia fortuna. Abre la calma de la tarde sus puertas de calor a la noche; y atraviesan en vuelo errante, como cenizas de la luz, el silencio los pájaros. IV. De la noche desciende como un ángel huido de los cielos. Desciende de sus pétalos grises y de sus manos muertas. Sueña por los fríos sepulcros de los invernaderos donde el rocío no existe y está el tiempo callado. Llega desde la muerte, desde negros océanos deshabitados, con veloces caballos purísimos y errantes; sus caballos glaciares cuyo galope eterno pisotea las flores, las flores que penetran ahogándose en las clínicas, donde hay un llanto eléctrico por las enfermedades. Regresa de las lágrimas de los amaneceres, perdida en la marea de sus ojos vacíos donde eligen los árboles sus insectos dorados y los ricos sus pobres. Desde sus sienes abrasadas por extraños arcángeles de ceniza y de niebla desciende, regresa enfurecida a sus más bajos fondos. ¡Oh, altísima ciudad, flor de infortunio, luz disecada entre las páginas donde llora la Historia arrepentida! ¡Altísimo pecado de cristal y silencio! Dime que no es verdad la noche, ni la muerte ni el llanto con los que te disfrazas de papeles y líquidos. Hay un lóbrego viento de submarinos invisibles y manzanas podridas. La soledad busca sus cuerpos destrozados por los rincones de los hospitales donde ascienden heridos por las blancas paredes de sus habitaciones solitarios difuntos que, de pronto, se nublan y su duelo consiste en su propio cadáver. Está en las madrugadas que abandonan los parques, entre vómitos pálidos y cisternas amargas, donde hay pájaros muertos y fermenta el sonido de sus viejas heridas entre algodones y tijeras que han abierto los ojos. Con su dolor se nutren los poetas; sus versos le traicionan entre las mariposas y las nubes. ¡Ay, dime que no son ciertos tus dioses con gusanos ni tus cuerpos de estiércol! Dime tú que no existe el pan de cieno que no tiene memoria y has dejado mordido. Llegas de las afueras y los túneles, de metales cerrados y fábricas en llamas. Estás en la garganta de las larvas que oxidan a los años. Dime que no es verdad el día de tus negros espejos ni tus desheredados con asma interminable, ni el eterno silencio de los que más humillas: a los que robas cada día, cuando los atardeceres yacen en los suburbios, y navegan los pobres en barcas naufragadas tu olvido.
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