Coro de ánimas de Diego Jesús Jiménez

Ved ahí el púlpito de nuestra gloria, ahí el callado altar, los ciegos comulgatorios del vicio; la estropeada sonrisa de los hombres. Ahí nace con el humo y la paz, nuestra humana discordia. Velas bajo la sombra de un último cadáver. Un desterrado y solitario coro de ánimas, baja del techo o de la cúpula. Se oye su voz aquí, en el sonoro sepelio de la carne. Solos, solos ante el sonido de la muerte; solos en la alegría, avergonzados ante la soledad. ¡Padre!, ¡madre!, tú, vosotros, todos, los inútiles muertos, los distraídos, que con palabras que nunca pude entender, me habláis; ¿dónde poneros?; vosotros, los que nunca me traicionáis, los más amigos, ¿como os conoceré?. Mi avergonzada soledad os ama. Así, así, estériles, pálidos, señores del hastío, sombras lejanas donde vive el amor, ¡vosotros!, el único deseo de mi vida, ¿dónde os puse, qué hice con tan alto disfraz?, ¿dónde pude esconderos? Este es el oscuro canto de la elegancia. Os deseo, os deseo, ¡os amo!, seres de la desgracia y el fracaso; yo, que os veo con el duro silencio de mi vida, con la fértil caricia de la esterilidad, ¿cómo puedo olvidaros? Oigo las voces, entro en la clara abadía, piso el refugio de vuestro convento. Aquí, sobre las piedras frías de este templo, os hablo. Aquí, sobre la nieve os beso con dolor. ¿De qué alta cartuja, de qué débil sacristía estáis hechos? Solo, lo que es cornisa pura para la sangre, la herencia inútil de vuestro sosiego, la calma de vuestra voz, la vacía memoria y el pulso desgastado. ¿Dónde, dónde podéis estar? Si os hice ver, si os hice respirar, si estáis tallados con lo mejor que tuve y tengo, con lo que nunca poseí. Si con todo mi amor oscuro me amáis, decidme: ¡cómo!, ¡cómo he podido perderos!
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