Atalaya de Sara de Ibáñez

Sobre este muro frío me han dejado Con la sombra ceñida a la garganta Donde oprime sus brotes de tormenta Un canto vivo hasta quebrarse en ascuas. Yo aquí mientras el sueño los despoja Y en sueños comen su mentida baya Para erguirse en las venas de la aurora Pábulo gris de su sonrisa vana; Yo aquí mientras los sabios inocentes Y los tranquilos de crujiente casa Durmiendo abajo, y aprendiendo el frío De sus angostos mármoles descansan; Yo aquí volteado por el viento negro Que el olor de la noche desampara, Los cabellos fundidos en raíces Que van abriendo turbulentas lamas; Yo solo entre planetas condenados Que en busca de sus huesos se desmandan —la edad del mundo en esta pobre sangre que entre las quiebras de su historia clama— yo aquí turbado por la paz bravía que con sagaces témpanos me aplaca, sintiendo entre las médulas ausentes el duro frenesí de las espadas; yo aquí velando, los desiertos ojos quemado por el soplo de la nada, las negras naves y los negros campos vacíos de sus oros y sus lacras. Yo aquí temblando en la vigilia ciega Rodeado por un sueño de cien alas, Vestido por mi llanto me arrodillo Mientras vuela mi sangre en nieve airada. Sobre este muro frío me recobran. Oigo el rumor de los medidos pasos. Canta la noche en fuga por mi muerte, Y el alba sale de mi rostro blanco.
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