Aunque bien sé que no me extrañas de Rubén Bonifaz Nuño

Aunque bien sé que no me extrañas, aunque tengo la razón, me acuerdo: el cáncer terminó; te ausentas por todo lo mal que supe amarte. Ya fui desventurado cuando estuviste aquí, y en el momento donde te vas, me desventuro. La sola ventaja de estar ciego es acaso no poder mirarte. Ya morir sin arrepentimiento es mi esperanza, y te lo digo porque al fin te conozco; que si he pedido muchas cosas, pude pagar con sobreprecio las pocas que me fueron dadas. Mientras más mal te portas, mucho más te voy queriendo, y porque espero menos, me injurio y te acrecientas. Así tuvo que ser: de tanto que te procuré, me aborreciste; tan sólo pesares te he dejado. Raspaduras de celos, dudas que no opacaron la certeza de cuanto en ti me desolaba. Tú, como si nada, te diviertes; pero entristécete: si todos sabrán que estoy quemado, ninguno sabrá que por tus llamas. Vete como de veras; pierde el número atroz de este teléfono, la dirección que no aprendiste, aquel corazón tan despistado. Igual sigue siendo todo; nadie hay como tú, por mi fortuna; pero a nadie como tú he llegado. En el agua escrito y en el viento quedó el amor perpetuo. Sombras. Y me quemo, y de mejor violencia —ay, mamᗠte alumbro al apagarme. Ya te conozco, ya obligado soy a bien quererte y despreciarme. Pero no, porque me da vergüenza; pero sí, porque me estoy muriendo sin voluntad ni penitencia. Y por todo: porque no quisiste permanecer, porque me olvidas, porque me voy tristeando, gracias te doy. Y por andar de noche.
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