Canto XX de Vicente Gerbasi

Aquí la noche deja los juncales con sangrientos reflejos, con ondas purpurinas en penumbra y escamas aceradas. Un profundo combate hiere cuerpos perdidos en la sombra. Es un agua de olvido, jadeante, de limpio cielo ardiente, que descansa en relámpagos hundidos sobre babosas ramas de tembloroso limo. Es un agua de lentos círculos de agonía, con ojos en el sueño, de flor amarga abierta entre las piedras. Es el agua de alma solitaria, del hombre que soporta los confines, dando a la tierra huellas, brasas del corazón, voces a la llanura donde un demonio canta, por donde avanza el día con humedad caliente, con altas y sonoras geometrías de pájaros acuáticos, que figurando van rojas costas celestes. En el canto lejano del turpial, entre las flores de cercano brillo, entre las ranas que semejan hojas y cierran en la luz sus ojos verdes, vaga un humo tenaz; y se oye que alguien dice: «Las sombras incendiaron el maíz». Y a lo lejos ulula la montaña de un dios. Aquí el hombre ve el año como una lenta furia de colinas, donde el arbusto esconde su fruto y su veneno. Aquí la vida pasa cual un turbio verano, mientras el cielo lanza arcángeles de fuego sobre los yerbazales, donde el toro olfatea y resopla en la tierra, y la escarba y se yergue como potente enigma, que muge contra el cálido resplandor de la roca. Aquí la luz congrega las hormigas que llevan bajo el sol granos de oro para dar brillo a los antiguos túmulos. Aquí levanta el día convulsas arboledas, reclamos funerarios, barrancos como templos, humos lentos de tumbas. Pasa pesado un viento de oscuros gavilanes y en las viviendas arden ramas de algún boscaje misterioso. En la selva Canaima huye en un denso soplo de tiniebla y de azufre, de pájaros negruzcos, y cuelga de las ramas como caucho quemado, y aprisiona a los hombres en sus brazos quemantes de lianas malolientes, y grita con la muerte como una araña-mona. Ni el asno, ni el anciano, ni el niño, ni el conejo, saben aquí el camino más leve hacia la tarde. Aquí el hombre soporta su frente, su mirada, sus manos incendiadas, y entierra un gallo vivo hasta las alas, para decapitarlo con los ojos vendados y manchar con su sangre los muros del crepúsculo. Así tú viste el cielo abrazado a la tierra, en un grave misterio de rojo resplandor, donde un jinete enlaza el toro de la muerte. Y fuiste interrogando en silencio los días, y una voz que salía del fuego de la tierra, te dijo: «Destruye tus venablos contra el sol, haz que tu cuerpo sangre sobre la roza oscura, y entrégate a las llamas que surgen de las huellas, de la pira que América enciende noche y día al pie de la visión abismal de sus héroes».
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