Canto XXIV de Vicente Gerbasi

De todo tu andar de antiguo caminante, de todo tu sufrir en desamparo, de soportar el peso del hacha o del saco, de asistir al herido y repartir el pan, sólo te quedó una casa, a cuya puerta escribiste algunas palabras de la Biblia. Aquella casa fue mi casa. Mi casa pintada de cal, allá en mi aldea, escondida entre el café y el cacao. Otras casas había, rojas, azules, verdes, amarillas, en mi aldea, que entre árboles jugaba con niños y caballos. Había una plaza con cabras y almendrones de apacible sombra, y una iglesia de donde salía un Cristo, en una urna de cristal, cuando la Semana Santa. Yo nací en tu casa con palabras de la Biblia, y allí estabas callado, con tus libros, junto a mi madre y a mis pequeños hermanos. Allí estaban tus noches, todavía con las estrellas de otro mundo, y allí tu amorosa soledad, tu vida, tus recuerdos. Y allí estaba yo como una angustia para ti, y tu trabajo y el sudor de tu frente; y el canto de los sapos en las sombras, y el tinajero en el corredor de la medianoche, y las lluvias nocturnas que nos lanzaban a un oscuro amanecer. ¡Estábamos tan cerca de los árboles, del río y la montaña!… Yo con mi alegría donde cantaba el cristofué, tú con tu vida dura, con golpes y nostalgias, de pie ante los días de mi infancia.
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