Con baja y lenta voz de Romeo Murga

Nadie lo sepa, amada, y a pesar del espacio que nos separa, hablemos con baja y lenta voz de aquel amor que yace, como un niño dormido, sobre mi corazón, sobre tu corazón. Tú eras una divina mujercita pequeña; cabellera de sol, grandes ojos de sombra. Yo tenía tan sólo mi corazón que tiembla; yo no era más que un niño aspirando una rosa. Rosa que todavía me perfuma las manos, y nunca será flor entre las manos de nadie, porque le dió su sabia mi corazón extraño que es una rosa viva, de pétalos de sangre. Puro y claro, mi amor me dio el gozo y la pena, la pena de perderlo para no hallarlo más. ¡Por qué no te amé siempre de lejos, de muy lejos, como el mar a la luna, como la luna al mar! Así no sufriríamos de este recuerdo, ahora, Pero no… consolémonos y bajemos la voz. Nos endulzó y pasó, como todas las cosas. Calla. No maldigamos, ¡Si nos oyera Dios!
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