El invierno de Luis Felipe Vivanco

1. Día de nieve blanda. Las cortinas echadas. (Verdes, rojas, sus franjas.) Una firma al brasero. Un vaso con violetas. Y tú, enfrente. (Una copa de coñac, ya vacía.) Tú, enfrente. El cenicero de plata. Ángeles músicos. ¡Qué alegre Frá Angélico! ¡Qué agreste Zabaleta y su clara acuarela que es una puerta abierta al campo, con lejanas colinas soleadas, nada más! El retrato de tu hermana que ha muerto. (Su marco isabelino que se ahonda. ) Recuerdo el camino, con lluvia, del cementerio. Cruza la negra carretera. Y es más noble pisar la tierra que el asfalto.) La flor de la algarroba, azulina. ¿Recuerdas los brillos de la avena? Está el pueblo encharcado con bombillitas tristes, ya en la noche. Ha llegado el auto. Los viajeros que bajan; ropas húmedas zapatos con barro. 2. Un vaso con violetas sobre el mantel bordado por ti cuando eras novia. su canto gregoriano. Sus músicos (sus pliegues románicos ), tañendo vetustos instrumentos: El laúd, la vihuela de arco, los albogues el órgano de mano. Hay pájaros con arpas y panderos, y un árbol estilizado. (Nieva, y han pasado dos años.) Recuerdo aquel proyecto de Aduana para el puerto de Vigo. (Entre la lluvia los picos de las Cíes, donde en verano incuban las gaviotas.) Todo muy reducido a ejes, muy bien resuelto (pero, puse amor a Galicia, temblor suyo ignorante, en patios y tejados). 3. Los libros. Y la niña que se impacienta, y quiere cogerlos. (Son autores ingleses, italianos.) La niña, en su cercado de barrotes azules, malhumorada. -Pronto, ven, pajarito, y llévate a esta niña! La niña se tira al suelo, esconde la cabeza. Y el pájaro es el de nuestra lámpara de artesanía. (Libros franceses, alemanes.) Junto a La Galatea, un Racine, un Verlaine, un Antonio Machado. Y Francis Jammes, desde Le poete et sa femme o Le poète rustique su Almanaque, con las flores, las legumbres, los paisajes del año. Y Mireya (o Mireio, en provenzal), ¡qué diáfano en sus quietas estrofas todo lo no romántico! 4. Las cosas Y la casa cerrada. ( Clavar clavos para colgar los cuadros.) Tener casa. Tener para siempre una esposa. Y quererla. Mirarla con ojos que recobran la ignorancia, queriéndola sin hablar, acercándome, coincidiendo con ella en la misma sonrisa. Estar siempre tan cerca, y sentir que se aleja! y ser malo, a sabiendas-, y ser bueno. Y quererla. Los días y las horas frente al limpio, sensible, matizado horizonte y llanura manchega. Vida nuestra. ¡Tan nuestra y tan mía! (Mirarla sin hablar, comprendiéndola.) ¡Señor, ya no hace falta la muerte! (Antes, me hacía mucha falta su inédita mitad.) La nieve, fuera, derritiéndose, blanda. Los caminos, los chopos de inverno… Pero crecen la niña y nuestra casa. 5. Recuerdos de esto mismo. Ensueños verdaderos de esto mismo. Es el faro. Pasan, blancas, sus ráfagas, sobre las olas altas del mar de Corrubedo. Las oímos. Queremos salir a verlas. Llueve sobre el mar y la costa de naufragios: los campos de maíz y las dunas solitarias (kilómetros de arena golpeada por el mar). A la espalda se han quedado los pueblos, los prados, los cruceros de piedra gris, los setos de laureles, los muelles del pescado. El farero, posa, grueso, su dedo sobre el renglón cargado tal vez de cervantinas donosuras. Y el faro sigue, inmóvil, girando, escrutando los lejos brumosos del mar negro, donde brota este viento y estas gotas de lluvia menudita en la cara dejan de ser saladas. 6. Monte bajo. Carrascas. las urracas. Las jaras. Las colmenas. La curva del camino -su débil blancura- con el pino grande. El guarda y su perro, tan tiñoso, tan tierno! Crepúsculo en el pino, ya empieza a moverse la luna entre las zarzas de los escarpes, entre los leños del vivero junto al río. Hace húmedo pero sube el espacio de la noche. La casa como una lucecita celeste en la distancia. (Luz de velas. Las sombras tiemblan en las paredes, se agrandan, se deforman…) Los pájaros nocturnos que silban lejos, cerca. Los sapos, más sutiles cantores que los pájaros. Y Bach, desde el piano, aislando aún más la casa en el monte y la noche. (Piso el verde relente de la trocha, acercándome…) 7. Las horas. Sus pisadas huecas. ¿En qué desierta plazuela, o callejuela sin ruidos, nuestra casa? ¿En qué fecha de un tiempo no vivido? (¿Y la niña que empezaba a tener dialecto propio, intrépidas, venideras palabras?) Nuestra casa -y la niña- perdida. Y yo buscándola sobre el mapa. Buscando por el mar y sus playas, por las faldas quebradas de los montes, los pueblos y las viejas ciudades, (tan ceñidas de huertas, de murallas, de árboles, tan pausadas y anónimas como los pueblos, aunque un poquito más grandes). Buscando, no alejados, quiméricos oasis, sino estas mismas aguas regadoras y alegres que tengo aquí: su pelo, sus mejillas, su frente… 8. Un pueblo y su espigado campanario entre pardos camellones que empiezan a verdear. ¡Sus cuestas hacia el río!: agua turbia, terrosa, turbulenta. Y un repecho florido tan indefenso en esta quietud). Sol de las cinco de la tarde. Collejas con sus flores colgantes, y espiguillas curvándose. Sobre el color violento de los cerros cercanos, la suavidad violenta de la sierra. Cruzado ya el puente, entre los cerros y la sierra, que ahueca sus faldas, y se hace de bulto, ¿en qué apartada cañada, nuestra casa? ¿En qué hocina furtiva, creciendo, entre las coles azules y los lirios morados, nuestra niña? O, todavía un poco más lejos, ¿en qué valle serrano sube un humo tranquilo entre los troncos rojizos de los pinos ? 9. No hay prisa. Y hace rato que no hablamos. (Sabemos que está bien. Sonreímos.) Verdes, rojas las franjas de la cortina. Invierno. Ya no hay ninguna prisa. Ya cantarán los pájaros. Ya se abrirán las lilas y las rosas. La niña romperá a hablar. Despacio, va pasando el invierno. Estoy solo. (El cuadrado corralillo, vacío.) «Radio», floja, lejana: A través de tabiques, la voz de un hombre hablando, dando noticias. (Siempre noticias.) La butaca sin ella. Me han dejado (Están los juguetes todos por el suelo, el libro abierto, sobre la camilla. ) Hay violetas. Y el locutor que sigue, terco, dando noticias que no escucho. Despacio, con su nieve, el invierno, con el sol de los viejos. Y ser viejo: haber vivido más acá de los hechos. ) 10. Épica de los días señalados, y lírica de los días diarios. Como en esos rincones transparentes de esquilas, apenas vislumbrados y los últimos cantos guerreros de la Eneida.) Los trabajos secretos en los días. Las obras que brotan, diariamente, de la actitud. (Los hechos que son independientes de nosotros.) La niña -su manecita- pega en el tabique. Y sigue desfilando el invierno. Pasa y no pasa. Crece, y no crece, la niña. Y envejezco. Envejece nuestro amor: labios húmedos, empañadas miradas de amor que se hace viejo (más usado, más nuestro por el tiempo). ¡Qué largos años! ¡Bendito seas, Señor nuestro, en el tiempo y por el tiempo! (Fuera, la nieve de este invierno.) 11. Quererla así. (Viviendo lo que tengo.) Y soñarla. Soñar, así, su frente clara, su pelo suelto, sus pies que van descalzos por los caminos… (Blancos, apretados senderos de un sueño, que nos llevan ¿adónde? ¿En qué recodo brota un dolor más hondo que la muerte?) Tres, cuatro, diez, once, quince años tendrá la niña. Esbelta de cuerpo, irá creciendo por la casa. Las monjas la Madre Superiora! — nos robarán sus horas adictas de curiosa colegiala. ¡Ojos míos viejos, corazón mí0 viejo, cargado de años, de mis años, mis obras, de mis trabajos secretos frente a este mismo plato de plátano mezclado con jugo de naranja frente a este mismo ensueño partido en el mapa)! Nosotros dos (y ella chiquitina). Nosotros tres. (Su risa dormida.) 12. Duerme. (Y nosotros dos nos hemos ido al estreno.) Duerme. (Y hemos estado pisando juntos.) Duerme. Nubes rápidas. Viento que viene de los Gredos. Cielo grande nocturno y un gran lucero verde. (Las fiestas, y su traje de noche -y su belleza-, mientras la niña duerme…) De sobremesa, hablamos tal vez. Poco. Y volvemos a callar. Nos miramos a los ojos. Decimos lo mismo. Y nos queremos hacia la primavera y el verano, hacia el campo y su olor despejado, hacia el mar y sus barcos. (Mientras la niña duerme.) 13. Duerme Dentro de poco dormiremos nosotros, también. ¿Se habrá quedado Dios en vela? ¿Sus ojos seguirán recordando -con el viento en los árboles veraniegos- la estela fugaz de nuestro barco? En esta noche oscura de cosas que se agrupan sencillamente tuyas en torno a nuestro abrazo, no hace falta que veles, Señor. (Y, sin embargo, siempre será mejor que te quedes despierto, como un lucero grande sobre el viento.) Se hunde fatigada en el sueño la casa. Nos acechan peligros separados, pero si estás Tú en vela dormiremos más juntos los tres, casi los cuatro.
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