El pórtico de Jaime García Terrés

Todos vamos al centro de la pira, pero no con iguales andaduras: unos van más aprisa porque saben el atajo seguro y no lo dicen; muchos describen círculos helados antes de sospechar otro destino; tampoco faltan los enamorados entusiastas del sólido minuto, que niegan la corriente por el prado sin advertir jamás el remolino dador de claridades ni la fuente abisal del paisaje verdadero. La cauda somos de cometas parcos en descifrar su propia correría; las migajas de lumbre que nos besan esquivan la menor de las miradas y se deshacen al primer asedio; marchamos apilando noches, nieblas, piedras opacas en la luenga ruta, traidoras llagas en la carne viva, señuelos y fastidio: tanto monta decir que zozobramos en blanduras enmascaradas por el mismo sol impasible que luego las devora. Anegados estamos en la nada, huérfanos de calor al pie del fuego, inventando cabriolas, desgarrándonos por el dudoso gusto de matar el tiempo que se burla de nosotros. Con todo las parábolas no bastan a sosegar el cuerpo ni la mente: siguen doliendo las heridas, sigue dando rabia la sorna del verdugo y aungustia la raíz mortal del sueño. ¿Cómo fincar en esta lucha nuestra la suave combustión que nos realza? Dionisio Solomós, poeta griego del siglo XIX, guerrillero virtual entre los suyos y filósofo, se murió pergeñando soluciones: terribles heroísmos y renuncias; y tras él o delante llueven cien políticas diversas: el soslayo quietista de las cosas temporales, o la antípoda praxis del apóstol con la mirada puesta en un futuro que liquide vergüenzas mercenarias y permita bullir a nuestros hijos en medio del paisaje depurado; la música floral que se propone reproducir en voz plebiscitaria la partitura directriz del cosmos; o bien el zafarrancho voluptuoso que lustra la pasión al consumarla. Y sin embargo del plural camino el hombre no mejora, tiene miedo, lamentablae se opone a su milenio, prefiere su vejez atormentada, su consuelo ficticio, sus enjuagues, desoyendo los coros que lo empujan a cada vez mayores aventuras. Yo soy un fatalista, no me quejo (por mi cuenta de poco serviría), pero a mi alrededor navegan almas enterradas en vida malamente: podrían intentar una salida mientras llega la hora principal; quitarse de malditas confusiones, descubrir cuando menos la mitad. Con tales cabizbajos a la vista, sin embages, en búsqueda batiente, me pronuncio por ellos y por todos.
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