EN COLONIA de Ismael Enrique Arciniegas

En la vieja Colonia, en el oscuro rincón de una taberna, tres estudiantes de Alemania un día bebíamos cerveza. Cerca, el Rhin murmuraba entre la bruma, evocando leyendas, y sobre el muerto campo y en las almas flotaba la tristeza. Hablamos de amor, y Franck, el triste, el soñador poeta, de versos enfermizos, cual las hadas de sus vagos poemas: «Yo brindo —dijo— por la amada mía, la que vive en las nieblas, en los viejos castillos y en las sombras de las mudas iglesias; »Por mi pálida Musa de ojos castos y rubia cabellera, que cuando entro de noche en mi buhardilla en la frente me besa». Y Karl, el de las rimas aceradas, el de la lira enérgica, cantor del Sol, de los azules cielos y de las hondas selvas, el poeta del pueblo, el que ha narrado las campestres faenas, el de los versos que en las almas vibran cual músicas guerreras: «Yo brindo —dijo— por la Musa mía, la hermosa lorenesa, de ojos ardientes, de encendidos labios y riza cabellera; »por la mujer de besos ardorosos que espera ya mi vuelta en los verdes viñedos donde arrastra sus aguas el Mosela». «¡Brinda tú!»—me dijeron—. Yo callaba de codos en la mesa, y ocultando una lágrima, alcé el vaso y dije con voz trémula: «¡Brindo por el amor que nunca acaba!» y apuré la cerveza; y entre cantos y gritos exclamamos: «¡Por la pasión eterna!». Y seguimos risueños, charladores, en nuestra alegre fiesta… Y allí mi corazón se me moría, se moría de frío y de tristeza.
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