Fragmentos de «Don Juan Tenorio» de José Zorrilla

Doña Inés: Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!, que no podré resistir mucho tiempo sin morir tan nunca sentido afán. ¡Ah! Callad por compasión, que oyéndoos me parece que mi cerebro enloquece se arde mi corazón. ¡Ah!, me habéis dado a beber un filtro infernal, sin duda, que a rendiros os ayuda la virtud de la mujer. Tal vez poseéis, don Juan, un misterioso amuleto que a vos me atrae en secreto como irresistible imán. Tal vez Satán puso en vos: su vista fascinadora, su palabra seductora, y el amor que negó a Dios. ¡Y qué he de hacer ¡ay de mí! sino caer en vuestros brazos, si el corazón en pedazos me vais robando de aquí? No, don Juan, en poder mío resistirte no está ya: yo voy a ti como va sorbido al mar ese río. Tu presencia me enajena, tus palabras me alucinan, y tus ojos me fascinan, y tu aliento me envenena. ¡Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo imploro de tu hidalga compasión: o arráncame el corazón, o ámame porque te adoro. Don Juan: ¿Alma mía! Esa palabra cambia de modo mi ser, que alcanzo que puede hacer hasta que el Edén se me abra. No es, doña Inés, Satanás quien pone este amor en mí; es Dios, que quiere por ti ganarme para Él quizás. No, el amor que hoy se atesora en mi corazón mortal no es un amor terrenal como el que sentí hasta ahora; no es esa chispa fugaz que cualquier ráfaga apaga; es incendio que se traga cuanto ve, inmenso, voraz. Desecha, pues, tu inquietud, bellísima doña Inés, porque me siento a tus pies capaz aún de la virtud. Sí, iré mi orgullo a postrar ante el buen Comendador, y o habrá de darme tu amor, o me tendrá que matar. Doña Inés: ¡Don Juan de mi corazón! * * * (…)Don Juan: Culpa mía no fue: delirio insano me enajenó la mente acalorada. Necesitaba víctimas mi mano que inmolar a mi de desesperada, y al verlos en mitad de mi camino presa les hice allí de mi locura. ¡No fui yo, vive Dios! ¡Fue su destino! Sabían mi destreza y mi ventura. Oh! Arrebatado el corazón me siento por vértigo infernal…, mi alma perdida va cruzando el desierto de la vida cual hoja seca que arrebata el viento. Dudo…, temo…, vacilo…, en mi cabeza siento arder un volcán…, muevo la planta sin voluntad, y humilla mi grandeza un no sé qué de grande que me espanta. … ¡Jamás mi orgullo concibió que hubiere nada más que el valor…! Que se aniquila el alma con el cuerpo cuando muere creí…, mas hoy mi corazón vacila. ¡Jamás creí en fantasmas…! ¡Desvaríos! Mas del fantasma aquel, pese a mi aliento, los pies de piedra caminando siento por doquiera que voy, tras de los míos. ¡ Oh! Y me trae a este sitio irresistible misterioso poder… * * * (…)Don Juan: ¿Conque hay otra vida más y otro mundo que el de aquí? ¿Conque es verdad, ¡ay de mí!, lo que no creí jamás? ¡Fatal verdad que me hiela la sangre en el corazón! Verdad que mi perdición solamente me revela.
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