Germinación del alba de Luis Zalamea Borda

Dueña de los crepúsculos, tú en mí todo lo sabes y me has visto llorar. conoces mi congoja cuando la tarde llega meciendo entre su eclipse mi diaria solitud. Es el instante de la partida, la fuga del poniente que tú ya has compartido en mi zozobra viva, en mi sed de vagar. Ah niña que sollozas entre mis brazos trémulos, tu miras a la tarde como se mira el hijo, como se mira el pan. Y me miras a mí desde tu inmediata lejanía como se mira el fuego, como se mira el mar. (Mirada incierta, en espera, como trigo sin pilar ante el molino.) Señora del ocaso, vuelve hacia mí tus ojos a la hora tremenda del ciprés, en que la luz se alarga, en que todo se va. Dime con tu mirada que tú ya no me dejas, que estás siempre conmigo cuando los potros de la noche oímos cabalgar. Y tú estarás aquí. No viviré en cada atardecer mi escape ni ahogará entonces las sombras mi cantar. Estás aquí, realidad y mujer, y eres en la penumbra el sosiego anhelado, el faro vislumbrado, el ancla suspensa entre la luz.
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