La defensa de pan (II) de Francisco Antonio Gavidia

Pues qué mientras aturde
Dulcemente la música y se arrastran los pies,
Aquel beso a hurtadillas, que no vio ni oyó nadie,
Nadie… que fue así… un rápido, un pequeñito edén?
¡No, no!; eso es de mal gusto:
la etiqueta prohibe amor al natural;
amor viste desnudo… y tiene alas tan blancas
que es preciso cortar.
Las miradas amantes
Para que no se excedan en eso de decir,
Deberán ir provistas de anteojos verde opacos
Traídos de París.
Los besos han de ir serios
Como unos diputados, con frac y con bastón,
Y para saber la hora en que han de hacer visita,
Deben llevar reloj.
El amante piropo
Que a una oreja rosada, llame… como a un zaguán,
Irá con sobretodo… no vaya a ser que el aire
Lo vaya a constipar,
¡nada de rizos! ¡Nada
de sonrisas, de señas! ¡Nada de aquella flor
quitada a una cabeza a un ojal detenida
cerca de un corazón!
Por lo que es a esa boca
Dulce troje de besos y de mimos, pues ya
Tomará un aire grave como de tesorero
Y dirá siempre: —¡No hay!
¡Muy bien! ¡Todo medido,
todo puesto en su puesto y puesto al uso! ¡Eso es!
Ya así amor no es amor. Ya así el hombre no es hombre,
Ni la mujer, mujer.

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