La luz del cayo de Cintio Vitier

Una luz arrasada de ciclón, aquella misma luz que vi de niño en las mañanas nupciales del miedo, estaba esperándome aquí, pero aún más pobre, más secreta y huraña todavía, como si no hubiera lámpara capaz de agrupar nuestras sombras dispersadas, ni pudiera la abuela regresar con aquel vaso de espumoso chocolate hasta mi cama para decir: la dicha existe, la inminencia es un tren que estremece las maderas cargado de luces y dulzura. Por las calles oculto yo corría gritando como un pino indominable, destellando la honda piedra de presagios, discutiendo silencioso con las nubes, a comprar un martillo y unos clavos para clavar la casa contra el miedo, y al fin huíamos del mar, en orden, por los campos, buscando el ojo del ciclón que nos miraba como un animal remoto y triste. Esa luz está aquí, ya sin peligro, toda exterior y plana, establecida en la absoluta soledad del Cayo, pura intemperie de mi ser, diciéndome: no queda nada, no era nada, no tengas miedo ni esperes otras nupcias, arde tranquilo como yo, árida y sola, no esperes nada más, ésta es la gloria que aguardaba y merece (único amparo) tu flor desierta. ( De Testimonios )
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