La orilla del invierno de Santos Domínguez Ramos

‘Así tuvo lugar el único viaje’ F. Brines I Surcarás otros mares de amarga geografía. Volverá con las naves la paloma del sueño, el velo del ocaso, la túnica del alba fría de los inviernos. II Sobre este mar de sueños el ocaso te avisa acantilados. Sube a la gavia más alta. Date al recuerdo, cruza la estela de la espuma azul de las trirremes: ceniza leve, sombra arcana de los días. Noche antigua del sentido. III Vuelves a la ciudad dormida. Las hogueras, presagio ritual de la noche de niebla en los bosques fluviales. Sobre los arrabales, la lepra de los muros y las torres del sueño. Decadencia del mundo al sur de la penumbra. IV La ruina de los templos, la hojarasca, el musgo en el jardín y el peristilo, indicios, Livio, dan en esta noche del rito de las horas: el salitre en la oscura acrópolis del tiempo. Avisa a los augures. Por la almena de ortigas y cicuta, el centinela pide la contraseña al verdín que ya gana con sus manos leprosas el teatro y las puertas negras de la muralla. V Lenta baja la tarde hacia los arrabales del sueño o de la luz: tras la niebla encendida el agua recupera el pulso subterráneo del tiempo: ya es de noche. VI ¿Qué oscuro capitán lleva la nave a un puerto de poniente, a la niebla cruel del acantilado? Seguimos en silencio el ritmo indiferente de las constelaciones. VII Fanal de la nostalgia: detrás de la necrópolis por el valle galopa el caballo del sueño: sus cascos oscurecen las aguas pantanosas de la marisma turbia. Tabletea por el puente de musgo y hiedra negra: ah, frágil recorrido del hombre hacia la sombra. VIII Con esa obstinación inútil de las olas que van y vienen, van y reiteradamente vuelven, tu corazón se rompe contra el acantilado alto de las estrellas calcáreas e impasibles. IX Mascarones de ausencia y sargazos de niebla cruzan los litorales de tirso y malvavisco. Esta noche de invierno fermentan los recuerdos: el mar es un caballo con las crines de espuma y hay brea en la tristeza licuada de los puertos. X Litoral de los sueños: la torre blanca, el musgo y los puentes de niebla en los pinares negros. Sólo vuela el vencejo, procesión agorera de las noches del mundo. ¡Ah, mar caliginoso de diciembre y ventiscas! XI La noche nos mandaba su látigo de espumas y había vinos frutales y hogueras en la costa. El bálsamo en las bocas musicales del sur. Íbamos navegando, sin luna, hacia el oeste. XII ¿Quién quema en esta noche espliego por los montes inciertos del insomnio? ¿Quién denuncia la silueta del toro en la orilla de juncos? El cárabo remueve el esqueleto triste del olivo. XIII Sobre el mar y los pinos, la noche de alabastro fija su muda estirpe de jazmín y magnolios. El arco planetario traza su celosía de mármol en los patios silentes de beleño. Un efebo sin sombra desliza sigiloso su espada de cristal sobre las azoteas. Viajero transitivo de noches cinerarias, arde en el dulce incendio de grisallas sin cauce. Fluye el agua sin borde por los pinares húmedos y el jinete del sueño huye por las barandas. Ya aguarda el columbario y avisa el heliotropo. XIV Otra vez los esquifes, la orilla sin contornos. Emergen las murallas asediadas, la niebla adelgaza sus manos en la mañana gris. Si llegáis a esta costa de lluvias minerales y eternas, no busquéis una imagen más pura de la desolación. XV Bajo el acantilado la noche es una grieta vertical. Las espumas de los siglos horadan el perfil insistente de la erosión. El pecio calcáreo, la arenisca de todos los naufragios. XVI Abandonas el puerto sin luces de noviembre: llevas al hombro el fardo ácimo de los días, dulces como los bulbos blancos de la nostalgia. Hacia las altas naves, la pasarela de algas efímeras del llanto. XVII El mar ha clausurado sus puertas con el negro celaje del invierno. Mirad: la nave rinde su pecio al horizonte de las últimas brumas. XVIII Hay sombra sólo en torno del muelle occidental, sombra sobre las velas plegadas de los puertos y en las hojas basales del eléboro fétido de los acantilados y una estela difusa en la neblina azul de los cardos del mar. XIX ¿Quién vigila esta noche desde las altas torres en sombra? ¿Quién agita el hachón encendido en los adarves? Miras su reflejo en el agua: ves la cara secreta de la muerte. XX La muerte con su alcuza va rompiendo la escarcha bajo el lentisco. Dalias de penumbras y vuelos frágiles como el polvo frutal de los caminos. Ya los pinos afilan sus agujas aéreas. Noche por la carcoma sorda de los cipreses. XXI No volverás a ver este puerto de niebla. La nave ya se adentra en la devanadera líquida de la noche. Al este las estrellas se copian en el duro corazón de noviembre y el otoño alimenta la lluvia que mañana caerá sobre tu boca. XXII Cuando lleguéis al faro y descendáis del barco con líquenes salobres, comprenderéis al fin que el mar es un aldaba abisal que golpea la quilla de la nave con uvas y sargazos. Colocad la tablilla con légamo en sus muros y la última tesela salitre y circular de un mosaico de niebla. XXIII Has visto la tesela sigilosa y el mosaico confuso de los días; las alcuzas del sueño, la dura geografía del dolor, los pinares, el atrio del tetrarca. Has visto los pretorios con luna, las almenas, las orillas oscuras y el mirto de los patios. Eras joven y había acanto en los adarves y hogueras en los puertos orientales. El mundo bajaba cada tarde a los huertos de oro del mar. Eras más joven. La vida era una nave con las velas abiertas. XXIV Y tú, Livio, te quedas en el aire sin plomo de las constelaciones y en los mares sin muertos de las cartografías.
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