Los dos árboles de William Butler Yeats

Amada, mira en tu propio corazón, el árbol sagrado crece allí; de la alegría surgen las ramas sagradas y todas las flores estremecidas que ellas dan. Los cambiantes colores de sus frutos son dote de alegre luz para las estrellas; la certeza de su escondida raíz ha plantado silencio en la noche; el agitarse de su frondosa cabeza donó su melodía a las olas y desposaron la música con mis labios, susurrando para ti hechicera canción. Allí van los Amores en círculos, el círculo llameante de nuestros días, girando en espiral de un lado a otro por esos vastos e ignorantes caminos frondosos; al recordar ese pelo agitado y cómo se disparan las sandalias aladas, tus ojos se llenan de tierna solicitud: amada, mira en tu propio corazón. No mires más en el espejo amargo que demonios, con astucia sutil, muestran ante nosotros cuando pasan; o mira sólo un instante; pues crece allí una imagen fatal que recibe la noche tormentosa, raíces casi cubiertas por las nieves, cortadas ramas, ennegrecidas hojas. Pues todo deviene esterilidad en el espejo opaco que los demonios sostienen, el espejo de exterior abatimiento hecho cuando Dios durmiera en tiempo antiguo. Allí, por las ramas partidas, andan los cuervos de inquietante pensamiento; volando, clamorosos, de un lugar a otro, con garra cruel y garganta hambrienta, o se detienen y olfatean el viento y agitan las raídas alas; ¡ay!, tus ojos dulces se tornan crueles: no mires más en el espejo amargo. Versión de Enrique Caracciolo Trejo
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